El Congreso chileno despachó a ley la gran reforma económica de José Antonio Kast, esa que promete rebajar el impuesto a las empresas hasta el 23 % en 2029, abrirle las puertas a la inversión y hacer que el cobre llueva como confeti en las Fiestas Patrias. Según el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, “Chile comienza nuevamente a crecer”. Claro, después de que el gobierno meta veto a varios artículos, el Tribunal Constitucional revise otros y la oposición siga preguntando si esto es crecimiento real o solo un PowerPoint bonito.
La llamada “megarreforma” toca 36 leyes y 15 decretos, incluye rebajas tributarias, atención a zonas quemadas por incendios, relocalización de concesiones acuícolas y hasta un intento de “derecho al olvido financiero”. O sea, un poco de todo, como cuando metes todo lo que sobró en la olla y le llamas “cazuela de fin de mes”. Los críticos ya advierten que bajar impuestos no garantiza que los empresarios inviertan; puede que solo les sirva para comprarse otro yate mientras esperan que el cobre suba.
Kast celebró la aprobación como “un antes y después” en la historia del país. El Senado la aprobó por 27 votos contra 22, lo justo para que parezca más una pelea de barrio que un consenso nacional. Ahora viene la parte divertida: vetos, revisiones constitucionales y la eterna promesa de que “esto sí va a generar empleo”. Porque en Chile, cada reforma económica viene con su propio capítulo de “ya verás, esta vez sí”.
En resumen, la megarreforma ya es ley… más o menos. Falta que el gobierno quite lo que no le gusta, que los tribunales digan si es legal y que los empresarios decidan si vale la pena invertir o seguir guardando la plata bajo el colchón. Mientras tanto, el cobre sigue ahí, los impuestos bajan de a poquito y el crecimiento promete llegar… cuando el Tribunal Constitucional termine de revisar y la resaca de la tramitación legislativa pase. Bienvenidos al nuevo ciclo: menos impuestos, más trámites y la misma sensación de que el progreso sigue llegando en taxi.



