En la Leagues Cup, la árbitra internacional Katia Itzel García enfrentó una petición inusual tras el partido entre Charlotte FC y Pumas. Un aficionado le solicitó su firma en una camiseta del equipo universitario, pero la silbante declinó con firmeza. El gesto buscó evitar cualquier malentendido sobre supuestas afinidades con la UNAM y reforzó su compromiso con la imparcialidad absoluta en cada decisión dentro del terreno de juego.
Días antes, García ya había navegado entre críticas tras dirigir el encuentro Querétaro contra Tigres en Liga MX. Su manejo del partido generó debates encendidos, como si cada silbatazo fuera analizado bajo microscopio por millones de espectadores armados con memes. Lejos de ceder ante la presión mediática, la mundialista optó por mantener distancia profesional incluso fuera del campo, demostrando que la ética arbitral no admite atajos ni firmas improvisadas que puedan interpretarse como favoritismos disfrazados de cortesía.
El episodio reavivó conversaciones sobre cómo los jueces deben equilibrar su imagen pública con la exigencia de neutralidad total. García ha dejado claro que su prioridad sigue siendo la integridad del juego, gestionando solicitudes y críticas con la misma precisión que aplica en la cancha. Mientras el futbol mexicano debate la profesionalización del arbitraje, su postura resalta la importancia de decisiones coherentes que protejan tanto la percepción como la realidad de un trabajo sometido a escrutinio constante.
Al final, el rechazo del autógrafo funciona como recordatorio de que la autoridad arbitral exige más que silbatos: requiere una distancia deliberada frente a pasiones de tribuna que, de otra forma, podrían convertir cualquier gesto cotidiano en combustible para nuevas polémicas.



