En un movimiento que parece sacado de una telenovela de corruptos con casco minero, la República Democrática del Congo ha decidido que ya está harta de que le roben el cobre y el cobalto como si fueran caramelos de la nevera de la abuela. A partir de ya, se acabó exportar los concentrados: si quieres el metal, te lo cocinas tú mismo dentro del país o te quedas sin nada. Los ministros de Minas, Comercio Exterior y Economía firmaron la orden como quien sella un divorcio exprés y, zas, prohibición inmediata.
El mercado, que siempre anda más pendiente que un chulo en la puerta de un burdel, reaccionó al instante: el precio del cobre en la Bolsa de Metales de Londres subió casi un 2 % y rozó los 14.370 dólares la tonelada. Los especuladores, sudando como presos en un sauna, empezaron a hacer cuentas de cuánto iban a sangrar por no tener el concentrado a mano.
El Congo, que es el rey mundial del cobalto y un proveedor serio de cobre para los coches eléctricos que tanto presumen los ricos, ha dicho basta: “Esta vez nos quedamos con la tajada gorda”. Quieren fundir y procesar en casa para que la pasta no se escape por la frontera como agua por un colador.
Eso sí, como en toda buena burocracia africana con toques chinos, hay excepciones estratégicas de un año… si te portas bien y pagas la cuota correspondiente, claro. Las minas de Ivanhoe y Zijin, por ejemplo, ya tienen permiso especial para seguir enviando concentrado porque llevan años fundiéndolo dentro del país o porque tienen amigos en el gobierno. Kipushi, mientras tanto, sigue sacando zinc como si nada.
En resumen: el Congo ha decidido que el mineral ya no sale crudo. Quien quiera cobre tendrá que quedarse a verlo cocer… y pagar la cuenta completa. Los especuladores internacionales, por su parte, ya están preparando el próximo aumento de precio y el siguiente llanto en redes. Porque, al final, el que tiene el mineral decide quién se lo lleva… y a qué precio.



