En un acto de magia legal que haría llorar de envidia al mismísimo Houdini, un tribunal de Honduras ha decidido que el expresidente Juan Orlando Hernández es tan inocente como un recién nacido. A pesar de haber sido condenado en Estados Unidos a 45 años de prisión por convertir a su país en un «narcoestado», en su tierra natal un juez concluyó que no hay pruebas de lavado de activos ni de fraude. Con esta sentencia, el exmandatario ya no tiene deudas con la justicia hondureña, demostrando que algunos problemas se solucionan simplemente cruzando una frontera.
Tras recibir su carta de libertad, Hernández, quien ya había sido indultado por Donald Trump en un giro de guion digno de una telenovela, declaró a sus seguidores que se cierra un «episodio de persecución política». Pobre hombre, se ve que ser extraditado, declarado culpable de narcotráfico y recibir una condena de casi medio siglo es una experiencia agotadora, especialmente para su familia, que ha tenido que soportar tanto estrés.
Pero no se preocupen, este milagro judicial no es un caso aislado. Parece que en América Latina se está pasando de mano en mano un manual de instrucciones para salir bien librado de los tribunales. En Colombia, el expresidente Álvaro Uribe fue absuelto de soborno; en Perú, a Ollanta Humala le anularon su proceso por lavado de activos; y en Costa Rica, a Miguel Ángel Rodríguez lo declararon inocente de peculado después de 25 años. Es una verdadera epidemia de inocencia súbita.
Claro que, como en todo club exclusivo, no todos reciben una invitación. En Ecuador, el expresidente Lenín Moreno no leyó bien el manual y fue condenado a cinco años por cohecho. Mientras tanto, en Uruguay, los expresidentes son tan aburridos que ninguno ha sido siquiera investigado, arruinando la diversión para todos los demás. Perú, por su parte, llevó la competencia a otro nivel al tener a cuatro exmandatarios presos en la misma cárcel, casi como un programa de telerrealidad.
Al final, la moraleja parece ser que gobernar en América Latina es un trabajo de alto riesgo, pero viene con un beneficio post-presidencial increíble: la capacidad de hacer que los cargos judiciales desaparezcan como por arte de magia. Solo hay que tener un poco de paciencia, los abogados correctos y, si es posible, un amigo en la Casa Blanca.





