La marca argentina Havanna, famosa por sus alfajores, está protagonizando un acto de esquizofrenia financiera digno de estudio. Por un lado, está en plena renegociación de una deuda de 127,7 millones de reales (unos 24,8 millones de dólares) con sus acreedores. Por otro, anuncia con bombos y platillos un plan de expansión para abrir más de 60 tiendas en Brasil antes de que acabe el año. Es como quejarse de que no tienes para la renta mientras te compras un televisor de 80 pulgadas a crédito.
El plan para pagar sus deudas es una obra de arte del optimismo descarado. La propuesta incluye un «pequeño» descuento de hasta el 95% para sus acreedores, un período de gracia de 12 meses y un plazo de pago de hasta 10 años. Básicamente, es la misma estrategia que usaría tu primo lejano que te pide prestado para «emprender» y luego te ofrece pagarte un sol a la semana durante toda la eternidad. Una súplica celestial disfrazada de plan de reestructuración.
Para justificar este desastre, la empresa se lava las manos con la elegancia de un político en campaña. Según ellos, el problema no es de Havanna, sino de otras empresas del grupo accionista, y ellos solo son «solidarios» en la deuda. Es el equivalente corporativo a decir «yo no rompí el jarrón, pero como quiero a mi hermanito, te ayudo a barrer los pedazos». Una excusa tan dulce como su propio dulce de leche, pero mucho menos creíble.
Mientras le ruegan a los bancos, su plan de expansión sigue a todo vapor, aunque con algunos tropiezos. Mientras planean una nueva apertura en un centro comercial, cierran otra tienda en un local carísimo en menos de un año de operación. Además, para demostrar que la plata no es problema, se asociaron con la aerolínea Azul para regalar 30.000 alfajores en vuelos internacionales. Una estrategia de marketing que grita: «No tenemos para pagar, ¡pero sí para regalar!».
Todo este circo ocurre mientras la confianza del consumidor brasileño está por los suelos, en su nivel más bajo desde 2022. Havanna apuesta por una expansión masiva justo cuando la gente está guardando el dinero debajo del colchón. Es un salto de fe sin paracaídas en una piscina vacía, una movida tan arriesgada que hace que sus acreedores probablemente estén rezando para recuperar al menos el dinero para comprarse un café.














