El peso colombiano, el más fortachón de la cuadra, recibió una zarandeada del dólar

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El peso colombiano, que andaba pavoneándose por toda América Latina como el más fuerte y apreciado, tuvo una semana para el olvido. Después de meses de sacarle músculo al dólar y casi mandarlo a la lona por debajo de los 3.000 pesos, la tortilla se volteó con la gracia de un luchador de sumo. En solo cinco días, el billete verde se levantó, se sacudió el polvo y le propinó un revés de casi 200 pesos al campeón local, cerrando la semana por encima de los 3.202 pesos.

¿El culpable de esta paliza? El de siempre, el aguafiestas mayor de la economía mundial: el presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh. Sus declaraciones sobre no temblarle la mano para subir las tasas de interés en Estados Unidos hicieron que el dólar se pusiera más bravo que un suegro sin café. El mercado, que es más chismoso que una vecina desocupada, elevó la probabilidad de una subida de tasas en septiembre de un modesto 36% a un contundente 58%, dándole al dólar el impulso de un cohete.

Pero la cosa no fue solo culpa de los gringos. Según los que saben, en Colombia la situación era como una fiesta donde sobran bailarines (pesos) y faltan parejas (dólares). Había tal abundancia de pesos buscando refugio en la moneda estadounidense que, por pura ley de la oferta y la demanda de la calle, el precio del dólar se disparó. Básicamente, todos querían comprar lo mismo al mismo tiempo, como si estuvieran en una liquidación de televisores.

A pesar de la zarandeada, el peso colombiano todavía presume de ser la moneda más apreciada de la región en lo que va del año, con una ganancia del 17,92%. Es como si el campeón invicto hubiera recibido su primer derechazo serio, pero siguiera en pie, aunque un poco mareado. Los analistas, con la cautela de quien camina sobre cáscaras de huevo, dicen que aún es pronto para saber si esto es un cambio de tendencia o solo un tropezón de borracho.

Por ahora, los colombianos que ya se habían acostumbrado a comprar chucherías por internet con un dólar de juguete, ahora miran sus carritos de compra con la misma tristeza de quien ve subir el precio de la cerveza. La fiesta del dólar barato, que duró lo que un suspiro, parece haber llegado a su fin con una resaca monumental, demostrando una vez más que en economía, la alegría dura poco en la casa del pobre.

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