El nuevo jefe de la Fed llegó a la fiesta para aguarle el ponche a todo Wall Street

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Justo cuando los inversionistas de Wall Street andaban en plena pachanga, con el confeti y las serpentinas volando por los aires, apareció el nuevo aguafiestas del barrio. Su nombre es Kevin Warsh, el mandamás de la Reserva Federal, quien llegó a la reunión de Jackson Hole no para unirse al baile, sino para apagar la música y prender las luces. Su mensaje fue tan simple como un golpe bajo: la inflación debe volver al 2%, y no le temblará la mano para lograrlo. La sonrisa se les borró del rostro a todos más rápido que un sueldo en quincena.

En su primer discurso importante, Warsh básicamente dijo que los mercados la estaban pasando demasiado bien y que las condiciones financieras actuales son más flojas que un tornillo de feria. Anunció que su herramienta favorita para poner orden es la subida de tasas de interés, también conocida en el bajo mundo como «el garrote». Aunque no confirmó si apretará el botón en septiembre, su tono de papá enojado hizo que los operadores le dieran más del 50% de probabilidad a que la próxima reunión termine con un castigo monetario.

La reacción fue inmediata y sin dramas de telenovela. Los bonos del Tesoro a dos años, que son más sensibles que un adolescente a las críticas, vieron cómo su rendimiento se disparó 12 puntos básicos. Mientras tanto, el dólar estadounidense se puso fortachón, sacó pecho y mandó a las monedas de América Latina a esconderse debajo de la cama. El peso colombiano, el real brasileño y el peso chileno sintieron el rigor del nuevo sheriff financiero.

Ni los activos más rebeldes se salvaron del regaño. El oro, que se sentía muy seguro de sí mismo, recibió una cachetada que lo hizo caer un 2,5%, su peor día desde julio, aterrizando en los 4.481,90 dólares por onza. Por su parte, el bitcóin, que venía de una racha espectacular, también tropezó y volvió a caer por debajo de los 80.000 dólares. Al parecer, la advertencia de Warsh fue el equivalente a que tus padres te digan «ya llegamos a la casa» después de portarte mal en la fiesta.

Al final, el mercado, que pedía a gritos un mensaje claro, lo recibió con la sutileza de un cubetazo de agua fría. Warsh dejó bien sentado que no está para juegos y que si la inflación no se comporta, seguirá subiendo las tasas hasta que todos aprendan la lección. Los inversionistas ahora miran los próximos datos económicos con el mismo nerviosismo de quien espera las calificaciones del examen final, porque todo indica que la barra libre está a punto de cerrar.

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