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Conductores de Uber acusan al algoritmo de ser más tacaño que suegro en bautizo

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¡Agárrense de sus asientos (y de sus carteras)! Un ejército de conductores de Uber en la vieja Europa, más organizados que una kermés de pueblo, le han declarado la guerra termonuclear a la plataforma. ¿La razón? Acusan al algoritmo de Uber de tener la sensibilidad de una piedra y de aplicarles una tarifa «dinámica» que dinámicamente les desaparece el dinero de los bolsillos, como si fuera un mago callejero con problemas de cleptomanía.

La bronca, que ya llegó a los tribunales de Ámsterdam, es digna de una telenovela de las nueve. El grupo de valientes, llamado Worker Info Exchange (WIE) International, afirma que el cerebro digital de Uber es un tirano que ajusta las ganancias según su humor binario, dejándolos con menos cambio que el que encuentras en el sofá. Según ellos, desde 2020, la empresa ha estado «discretamente» metiéndole mano al sistema para exprimir cada centavo, dejándoles el sueldo más exprimido que un limón de taquería.

El chisme se pone bueno: la organización asegura que Uber viola la ley al dejar que una inteligencia artificial, probablemente resentida por no tener cuerpo para irse de fiesta, tome decisiones cruciales sin que ningún humano le dé el visto bueno. Este algoritmo, cual déspota ilustrado, decide cuánto se cobra, a quién se le da el viaje y, probablemente, qué canción de reguetón poner para torturar al pasajero. Además, lo acusan de usar sus datos personales para «aprendizaje automático», que en español de la calle significa «aprender nuevas y creativas formas de pagarles menos».

Por su parte, los trajeados de Uber salieron a decir que «categóricamente» rechazan todo, con la misma cara de inocencia de un niño con la boca llena de chocolate que niega haberse comido el pastel. Un portavoz aseguró que los conductores tienen «total libertad» para elegir viajes, lo que suena a la libertad que tienes de elegir entre pagar la renta o comer caliente. Añadió que la «gran mayoría» del dinero va al bolsillo de los conductores, aunque no especificó si se refería al bolsillo con el hoyo por donde se les escapa la quincena.

Para echarle más leña al fuego, resulta que a Uber ya le habían metido una multa millonaria por desactivar cuentas de choferes de forma automática, demostrando que su algoritmo tiene un botón de «despido fulminante» que aprieta con la misma alegría que tú aprietas el de «siguiente capítulo» en Netflix. El pleito está que arde, y mientras los abogados se frotan las manos, los conductores solo esperan que la justicia no tarde tanto como uno de sus viajes en hora pico.

El pacto petrolero entre EE.UU. y Venezuela tiene más trampas que una película de villanos

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En un giro de guion más inesperado que el final de una telenovela, Estados Unidos y Venezuela anunciaron un acuerdo petrolero que, sobre el papel, suena a que encontraron la gallina de los huevos de oro. Sin embargo, cuando uno se acerca a leer la letra pequeña, el plan parece más un monstruo de Frankenstein ensamblado con piezas que no encajan, lleno de obstáculos legales, políticos y operativos que podrían hacerlo explotar en cualquier momento. Es el clásico matrimonio por conveniencia donde todos se sonríen para la foto pero se odian en privado.

Las cifras son para marearse: se habla de invertir hasta 100.000 millones de dólares para desarrollar 17 campos petroleros y pasar de producir unos míseros 200.000 barriles diarios a más de 1,5 millones. Claro que hay un pequeño detalle: esas reservas de 65.000 millones de barriles podrían estar más infladas que el ego de un político en campaña, según expertos. Además, el Tío Sam no es ningún tonto y se asegura una participación del 55%, quedándose con la mayor tajada del pastel como si fuera el único invitado a la fiesta.

Aquí es donde la cosa se pone divertida, como un laberinto burocrático. El acuerdo propone concesiones por 100 años, pero la ley venezolana solo permite contratos de 25 años, prorrogables a 40. Es como intentar meter un camión en el garaje de una bicicleta. Del lado estadounidense, el Pentágono legalmente no puede invertir en empresas privadas, así que tendrán que hacer malabares con «préstamos» y «garantías» para no romper sus propias reglas, en una movida digna de un contorsionista.

Pero los problemas no acaban ahí. La infraestructura petrolera venezolana está más oxidada que un barco hundido, y el crudo es «extrapesado», lo que significa que es un dolor de cabeza manejarlo. Esto hace que las grandes petroleras internacionales miren el acuerdo con la misma desconfianza que uno mira un puesto de comida callejera de dudosa reputación, especialmente cuando Venezuela debe unos 170.000 millones de dólares en deudas. Nadie quiere meter su dinero en una casa que se está cayendo a pedazos.

Para rematar, el acuerdo es tan estable como un castillo de naipes en medio de un huracán. Un cambio de gobierno en Washington o en Caracas podría desmoronarlo todo. Y como cereza del pastel, se rumorea que Venezuela podría abandonar la OPEP, lo que sería el equivalente a salirse del grupo de WhatsApp familiar en plena Navidad. En resumen, este pacto es un culebrón geopolítico con tanto drama, riesgo y personajes turbios que Netflix ya debe estar preparando la primera temporada.

Los bonos mundiales se ponen más tentadores que una barata de fin de temporada

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Después de haber sido apaleados como piñata en posada, los bonos mundiales están teniendo un regreso triunfal, o al menos un respiro. Resulta que sus rendimientos se han puesto tan jugosos que los inversionistas, que hasta hace dos días huían de ellos como de un cobrador, ahora los ven con ojitos de amor. El bono del Tesoro británico a 10 años, por ejemplo, bajó a 5,2% después de haber alcanzado niveles no vistos desde 2007, mientras que el rendimiento del bono del Tesoro estadounidense se mantenía terco alrededor del 4,78%.

La repentina calma en este manicomio financiero se debe en parte a que los operadores decidieron creerle a Donald Trump, quien sugirió que el pleito entre Estados Unidos e Irán sería más corto que un fin de semana con suegra. Aunque los precios del petróleo siguen siendo el monstruo debajo de la cama que asusta a todos con el fantasma de la inflación, por ahora el mercado decidió tomarse un valium y fingir que todo está bien, aprovechando para ir de compras.

Varios gurús de las finanzas salieron a decir que este es el momento de aprovechar la oferta. Harvey Bradley, de Insight Investment, afirmó que los bonos del gobierno ofrecen valor y que los rendimientos deberían bajar en los próximos 12 meses, lo que se traduce como: «compren ahora, insensatos, que luego se arrepienten». Por su parte, Kevin Zhao, de UBS Asset Management, confesó que ya andaba de cacería, comprando bonos alemanes a largo plazo como si fueran el último lote en existencia.

Claro que no todo es miel sobre hojuelas en este casino global. Las apuestas por una subida de las tasas de interés siguen sobre la mesa, con una probabilidad de más del 60% en Estados Unidos. En Europa, la situación es parecida, ya que los operadores esperan casi dos subidas de tasas por parte del Banco Central Europeo y una del Banco de Inglaterra. Esto mantiene a los bonos del Reino Unido y europeos más nerviosos que un novato en su primer día.

En resumen, los inversionistas están en una encrucijada, tratando de descifrar si estos rendimientos son una ganga histórica o una trampa mortal. Como dijo Craig Inches, de Royal London Asset Management, poder comprar un bono del Reino Unido con casi un 6% de rendimiento parece «una operación bastante ventajosa». Es el equivalente financiero de encontrar un billete en un pantalón viejo: una alegría inesperada que podría terminar financiando la próxima crisis.

El yen japonés resucita como Lázaro y pone a los especuladores a sudar frío

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Cuando todos lo daban por muerto y enterrado, el yen japonés decidió que ya estaba bueno de hacerse el débil y se levantó de la lona con la fuerza de un luchador enmascarado. La moneda, que era el hazmerreír de las finanzas, se disparó hasta un 1,8% para situarse en 155,85 por dólar, su mejor día desde que el gobierno tuvo que salir a defenderla hace un mes. Los operadores, que hasta hace cinco minutos se burlaban de su debilidad, ahora corren en círculos como si se les hubiera aparecido un fantasma.

La razón de este milagro es un cóctel de chismes y paranoia pura. Por un lado, corrió el rumor de que el Banco de Japón, en su reunión del 18 de septiembre, podría por fin subir las tasas de interés, dejando de ser el único en la fiesta que no cobra la entrada. Por otro, todos están más nerviosos que un gato en una perrera, esperando que el gobierno japonés vuelva a meter la mano en el mercado para darle un empujón a su moneda.

Y es que el gobierno ya ha demostrado que no se anda con chiquitas. El mes pasado se gastó la friolera de 96.400 millones de dólares para defender al yen, una cantidad de dinero con la que podrías comprarle un yate a cada habitante de un pueblo pequeño. Ahora, el mandamás de la política cambiaria, Atsushi Mimura, salió a decir que va a «continuar la batalla en el mercado», prometiendo más drama que telenovela de las nueve y dejando claro que tiene la cartera lista para repartir cachetadas financieras.

El ambiente en los mercados es más tenso que un debate familiar sobre política en Navidad. Cada vez que el yen se mueve un milímetro, los operadores gritan «¡Intervención!» y se esconden debajo de sus escritorios. Los que habían apostado en contra de la moneda japonesa ahora están cerrando sus posiciones más rápido que el que apaga la computadora cuando llega el jefe, lo que ha contribuido a este repunte meteórico.

Así que el yen pasó de ser el paciente en coma del hospital financiero a la estrella de rock que destroza el hotel. Nadie sabe si esta resurrección es permanente o si es solo un espasmo antes de volver a la tumba. Mientras tanto, los especuladores se muerden las uñas, esperando la decisión del Banco de Japón y preguntándose si deberían invertir en yenes o en pastillas para la ansiedad.

Wall Street se emociona como perro con dos colas, pero el petróleo le amarga la fiesta

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El circo de Wall Street abrió su carpa este jueves con un ánimo festivo, como si a todos les hubieran adelantado la quincena. Los índices S&P 500, Dow Jones y Nasdaq subieron un poquito (0,44%, 0,66% y 0,44% respectivamente), lo suficiente para que los corredores de bolsa cambiaran el café por un champán barato. La causa de tanta alegría fue que los rendimientos de los bonos del Tesoro decidieron tomarse un respiro, bajando a 4,73%, aliviando la presión sobre los inversionistas que ya sentían la soga al cuello.

El gurú del día fue Christopher Waller, un mandamás de la Reserva Federal, quien básicamente dijo que si la inflación se porta bien y se va a su cuarto, no tocará las tasas de interés. Pero, como buen aguafiestas profesional, también advirtió que si la inflación se pone respondona, no dudará en subir las tasas hasta que llore. Es el equivalente financiero de un padre que amenaza con quitarte la consola pero todavía no sabe si lo hará, dejando a todos con una ansiedad de campeonato.

Sin embargo, en medio del jolgorio, apareció el invitado que nadie quiere: el precio del petróleo, subiendo más rápido que la espuma de la cerveza mal servida. El barril de Brent se puso coqueto en los 96,49 dólares y el WTI le siguió el juego con 92,30 dólares, todo gracias a las broncas en Medio Oriente que ponen el estrecho de Ormuz más tenso que cuerda de violín. Esto le recuerda al mercado que la inflación es como esa ex pareja tóxica que siempre amenaza con volver.

En el chismorreo corporativo, a la gente de Victoria’s Secret le fue como en feria. A pesar de que sus ventas crecieron un 9%, a los accionistas les pareció poco y sus acciones se desplomaron. Resulta que el mercado es más exigente que una suegra, y si no les das un crecimiento espectacular, te mandan a dormir al sofá. Mientras tanto, Nvidia se fue de compras y adquirió Hugging Face por 13.000 millones de dólares, una cifra con la que podrías comprar varias islas pequeñas y un ejército de monos mayordomos.

Así que el panorama general es un desastre esquizofrénico. Por un lado, hay señales de que la economía se calma, pero por otro, el petróleo amenaza con incendiar todo de nuevo. Los inversionistas están navegando en un mar de incertidumbre, tratando de decidir si es momento de sacar los flotadores o de empezar a rezar. Básicamente, es otro día normal en la oficina para la economía mundial.

La contratación privada en Estados Unidos camina más lento que un abuelo en agosto

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Los datos de la empresa ADP revelaron que el empleo en el sector privado estadounidense avanzó al ritmo más lento desde principios de año durante agosto. Solo se crearon 38 mil puestos de trabajo, una cifra que quedó por debajo de lo registrado el mes anterior y muy lejos de los 47 mil que esperaban los analistas. Este resultado marca el tercer mes consecutivo en que las expectativas del mercado se quedan en el aire como un globo sin helio.

Los sectores de manufacturas, servicios profesionales y de la información sufrieron pérdidas de empleos que parecieron una fuga masiva hacia la salida de emergencia. En cambio, educación, sanidad, construcción, ocio y hostelería mostraron contrataciones más sólidas, como si esos rubros fueran los únicos que todavía invitan a la fiesta. La economía privada sigue creciendo desde julio del año pasado, pero ahora lo hace con el entusiasmo de quien sale a correr después de una resaca monumental.

Las cifras de ADP llegan justo antes de los datos oficiales de empleo que se publicarán mañana, aunque ambos reportes pueden diferir como dos hermanos que nunca se ponen de acuerdo. La tasa de desempleo se ha mantenido relativamente estable durante el último año, mientras que las estadísticas oficiales oscilan entre crecimiento y contracción sin decidirse por ninguna de las dos opciones. Esta inestabilidad convierte al mercado laboral en un tiovivo que da vueltas pero nunca llega a ningún lado.

Los analistas observan que la contratación privada mantiene una tendencia positiva desde hace más de un año, aunque el ritmo actual parece el de un caracol que decidió tomarse el día libre. Los consumidores y las empresas enfrentan un panorama donde el empleo crece con timidez y los pronósticos fallan una y otra vez. El resultado es una mezcla de alivio parcial y preocupación que deja a todos mirando el horizonte como quien espera un autobús que nunca llega.

En resumen, el mercado laboral privado estadounidense sigue avanzando, pero con el paso cansino de alguien que ya cumplió su cuota de esfuerzo para el mes. Los sectores que pierden empleos y los que ganan forman un mosaico desigual que recuerda a una rifa donde solo algunos números salen premiados. Mientras tanto, los analistas esperan los datos oficiales para ver si la fiesta continúa o si es hora de pedir la cuenta.

El T-MEC reduce la resaca arancelaria que Estados Unidos se autoinfligió

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Los analistas de la Reserva Federal de Dallas descubrieron que el mayor uso del T-MEC amortiguó el golpe inflacionario que los propios aranceles estadounidenses amenazaban con provocar. En 2024 solo la mitad de las exportaciones mexicanas entraban bajo el acuerdo, pero ahora la proporción supera el 85 por ciento en sectores como computadoras y equipo de cómputo. Este salto repentino actuó como un salvavidas que impidió que las tarifas se transmitieran directamente a los precios.

El estudio señala que las mercancías que cumplieron las reglas del T-MEC pagaron aranceles mucho más bajos que las que llegaron por fuera. Esa diferencia redujo en un punto porcentual la carga efectiva durante el último trimestre de 2025. Si se hubiera mantenido el nivel de cumplimiento de 2024, el impacto sobre los precios habría sido casi nueve puntos base mayor, algo que los analistas describen como un dolor de cabeza autoinfligido.

La mitigación no fue uniforme en todas las industrias porque cada empresa tuvo distinta capacidad para cumplir con las reglas de origen y reorganizar sus proveedores. Algunas lograron documentar todo a tiempo y otras terminaron pagando de más por pura desorganización. El resultado fue un mosaico de alivios arancelarios que varió según el sector y la prisa por adaptarse.

Las importaciones representan cerca del diez por ciento del consumo de los hogares estadounidenses cuando se suman los canales directos e indirectos. Los bienes duraderos, como electrónicos y electrodomésticos, cargan con una exposición cercana al treinta por ciento una vez que se incluyen los insumos importados. Los servicios, en cambio, apenas alcanzan el cinco por ciento, lo que deja a los consumidores con una factura desigual según lo que compren.

Aunque muchos productos se fabrican dentro de Estados Unidos, sus componentes viajan por cadenas de suministro que ahora sienten el efecto de los aranceles. Los analistas advierten que los precios finales pueden subir aunque el producto no cruce la frontera. El T-MEC sigue funcionando como un conducto de tarifas bajas que, por ahora, frena parte del daño y mantiene vivo el nearshoring en la región.

En resumen, el acuerdo demostró que cumplir reglas puede ser menos doloroso que ignorarlas, siempre que las empresas no se duerman en los trámites. Los analistas concluyen que, mientras el T-MEC siga operativo, algunas presiones sobre los precios se mantendrán contenidas. El resto dependerá de cuántas empresas sigan el ejemplo antes de que llegue la próxima factura.

El Libro Beige de la Fed deja a los banqueros con más dudas que certezas sobre las tasas

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La Reserva Federal informó que la actividad económica de Estados Unidos avanzó de forma modesta en las últimas semanas, mientras el empleo creció apenas un poco y los precios subieron con moderación. El informe, conocido como Libro Beige, presenta resultados tan dispares que difícilmente ayudará a los responsables de la política monetaria a decidir si subir las tasas en la reunión del 15 y 16 de septiembre. La confianza aparece repartida de manera irregular entre sectores, con mayor incertidumbre por el precio de la energía, la política y los conflictos internacionales.

El ritmo de los aumentos de precios se ralentizó en tres de los doce distritos de la Fed, subió en uno solo y se mantuvo sin cambios en los ocho restantes. Algunos interlocutores señalaron que los consumidores se volvieron más sensibles a los precios y eso limita la capacidad de las empresas para trasladar los costos de los insumos. Esta situación genera un panorama donde nadie termina de entender si la inflación se controla o simplemente se disimula por el momento.

En la reunión de julio la Fed mantuvo la tasa de referencia entre 3.50 y 3.75 por ciento, el mismo nivel desde diciembre. Cinco de los diecinueve responsables de política monetaria consideran que ya debería haberse producido un aumento, mientras que varios más esperan ver mayor mejora en la inflación antes de apoyar que todo siga igual. El resultado es una mezcla de opiniones que parece más un café sin azúcar que una decisión clara.

Las perspectivas generales para los próximos meses se ven positivas, pero la confianza varía tanto entre sectores que el informe termina pareciendo un diagnóstico médico incompleto. La Fed recopiló datos cualitativos de sus doce bancos regionales para ofrecer una visión actualizada, aunque el documento no logra inclinar la balanza hacia ninguna postura concreta sobre las tasas. Los analistas destacan que la sensibilidad de los clientes está frenando los ajustes de precios en varios distritos.

El empleo creció ligeramente y la actividad económica avanzó con timidez, lo que deja a los banqueros preguntándose si vale la pena mover las tasas o esperar a ver cómo evoluciona todo. El Libro Beige muestra que la inflación no avanza al mismo ritmo en todas partes y que algunos consumidores ya protestan cuando suben los precios. Esta combinación de señales débiles y opiniones divididas convierte la próxima reunión en una apuesta donde nadie quiere perder la cara.

En resumen, el informe confirma que la economía avanza como quien camina descalzo sobre baldosas calientes, sin que nadie sepa si conviene acelerar o quedarse quieto. Los responsables de la política monetaria tendrán que decidir con datos que no convencen del todo a nadie. Mientras tanto, los consumidores siguen pagando más por todo sin que el empleo les dé mucho margen para quejarse.

Menores tasas impulsan demanda de crédito entre las Mipymes

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La reducción de las tasas de interés está provocando que más micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes) se acerquen a la banca para solicitar financiamiento, informó Santander México. Estas compañías muestran además un mayor interés por incorporarse a la economía formal y aprovechar las herramientas disponibles dentro del sistema financiero.

Marcos Abal, director ejecutivo de Pymes de Santander México, explicó que menores tasas representan una reducción importante en los costos financieros. De acuerdo con el directivo, una disminución de entre dos y tres puntos en la tasa de referencia puede reducir alrededor de 20 por ciento los costos de financiamiento para estas empresas.

Las Mipymes generan 71.3 por ciento del empleo formal y aportan 41.4 por ciento del Producto Interno Bruto. Dentro del Plan México, el gobierno federal pretende que al finalizar el sexenio al menos 30 por ciento de estas compañías tenga acceso a crédito formal; actualmente la proporción alcanza 28 por ciento.

Santander también considera fundamental acelerar la digitalización para ampliar el financiamiento. El banco pretende colocar al menos 36 mil millones de pesos adicionales en créditos durante el resto del año, aunque advirtió que muchas empresas todavía necesitan ordenar balances, cuentas y estados financieros para facilitar su acceso a nuevos recursos.

Pemex aumenta presión fiscal, pero México conserva grado de inversión

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México mantiene el grado de inversión de las principales agencias calificadoras, aunque las presiones fiscales y el respaldo financiero otorgado a Pemex reducen el margen disponible. Especialistas consideran prematuro afirmar que el mercado trate actualmente la deuda soberana mexicana como “bonos basura”, pues los indicadores de riesgo no anticipan una degradación inmediata.

Pemex ya se encuentra en grado especulativo para Fitch y Moody’s, pero el apoyo del gobierno ha reducido su riesgo de incumplimiento. El problema es que parte de esa presión financiera se traslada a las cuentas públicas. Moody’s mantiene a México en Baa3 y Fitch en BBB-, ambos en el último escalón del grado de inversión.

Oxford Economics estima que México necesitaría avanzar hacia un superávit primario cercano a 1% del PIB para estabilizar la deuda. Pemex perdió 28 mil millones de pesos durante el primer semestre de 2026, mientras recibió más de 100 mil millones de pesos en aportaciones gubernamentales y redujo su deuda financiera a 77 mil 500 millones de dólares.

Especialistas consideran que una pérdida del grado de inversión no es un riesgo inmediato, pero podría materializarse en un horizonte de tres a seis años si persisten el bajo crecimiento, los desequilibrios fiscales y las necesidades financieras de Pemex.