La gente de Apple montó su circo anual para presentar sus nuevos y brillantes juguetes, esos que te hacen sentir pobre solo con mirarlos. Desplegaron el iPhone 18 Pro y su flamante primer teléfono plegable, el iPhone Duo, que parece una cartera con ínfulas de tableta. La reacción de los inversionistas con corbata fue el equivalente financiero a un carraspeo incómodo y una mirada furtiva al reloj.
Hablemos de dinero, que para eso estamos. Los nuevos modelos Pro subieron 100 dólares, costando ahora desde 1.199 dólares, porque la inflación también aplica a los caprichos tecnológicos. El gran protagonista, el iPhone Duo que se dobla, te costará la módica suma de 1.999 dólares, lo justo para que dudes entre comprarlo o dar el enganche de un coche. Los analistas de Bloomberg Intelligence, en un alarde de clarividencia, dijeron que ya se esperaban la subida de precio.
Como era de esperar, las acciones de la compañía, en lugar de dispararse a la luna, decidieron tomarse un respiro y cayeron un 0,28%. Resulta que este drama es más repetido que el ajo. Según los sabiondos de Bank of America, es una costumbre que las acciones se pongan mustias justo después del lanzamiento, para luego recuperarse cuando la gente ya ha pasado la tarjeta de crédito sin mirar. Ya pasó con el iPhone 16 y el 17, demostrando que Wall Street tiene la memoria de un pez.
La falta de emoción fue casi ridícula, principalmente porque los oráculos de JPMorgan ya habían adivinado el aumento de 100 dólares con una precisión de cirujano. Prácticamente publicaron el guion del evento antes de que empezara, convirtiendo la presentación en una repetición de algo que ya todos sabían. Solo faltó que gritaran «¡Lo sabía!» desde sus oficinas llenas de gráficos.
Y el revolucionario teléfono plegable, ¿qué tal? Pues sí, es la novedad, pero tampoco es para tirar cohetes. Se espera que venda unos 14 millones de unidades y genere la friolera de 28.000 millones de dólares en su primer año. Sin embargo, en el universo Apple, eso es apenas el 5,8% del total de sus ventas de teléfonos. Es como añadir una nueva y carísima chuchería a un pastel que ya es gigantesco.
Al final, Apple cumplió con las expectativas de los trajeados de Wall Street, pero no les dio ni una sola sorpresa para justificar su ya infladísima valoración. No hubo giros de guion ni conejos saliendo del sombrero, solo un teléfono un poco más caro que ahora se dobla por la mitad. El verdadero espectáculo será ver a millones de personas convenciéndose de que necesitan un aparato de dos mil dólares para ver videos de gatitos con más estilo.



