En el selecto club de los que usan billetes para sonarse la nariz, Argentina tiene dos miembros destacados. Por un lado, está Marcos Galperin de MercadoLibre, el empresario tecnológico que todos conocen y que es más popular en las redes que un video de gatitos. Pero agárrense, porque en el puesto 113 de los más ricos del mundo, muy por encima de Galperin, se esconde Paolo Rocca, un magnate con una fortuna de 23.100 millones de dólares, el pariente millonario del que nadie habla en las cenas familiares para no sentirse pobre.
La cosa se puso buena, como telenovela de las nueve, cuando el presidente Milei entró en escena. Mientras Galperin es el alumno estrella que recibe palmaditas en la espalda del gobierno, Rocca se llevó el premio al empleado del mes, pero al revés. Tras perder una licitación de tubos para un gasoducto contra una empresa india, el presidente lo bautizó con el poético apodo de “Don Chatarrín de los tubitos caros”, calificándolo de “empresario prebendario”. Un piropo que seguramente Rocca no enmarcará para poner en su oficina.
Y aquí viene la ironía más sabrosa que un buen asado de domingo. Mientras Galperin colecciona elogios presidenciales, las acciones de MercadoLibre han caído un 4,6% este año, como la popularidad de un político después de subir los impuestos. Por otro lado, las empresas del apodado “Don Chatarrín”, como Tenaris, han subido un impresionante 49,7%. Parece que los apodos presidenciales, lejos de ser una maldición, son un amuleto para hacer más dinero.
¿Cómo se manejan estas fortunas? Galperin tiene su platita en un fideicomiso en Nueva Zelanda, seguramente para estar más cerca de los hobbits. Rocca, en cambio, tiene un entramado de sociedades en Luxemburgo y fundaciones en los Países Bajos que haría llorar a un contador. Un jeroglífico financiero tan complejo que probablemente ni él mismo entienda del todo, pero que funciona de maravilla para que el dinero se multiplique como por arte de magia.
La historia de la fortuna de Rocca incluye un dato curioso en el álbum familiar: su abuelo Agostino colaboró con el gobierno de Mussolini antes de pelearse con él y fundar Techint en 1945. Así que mientras un multimillonario se lleva los aplausos y la fama digital, el otro, con su pasado familiar y su nuevo apodo, se ríe silenciosamente mientras cuenta una montaña de dinero mucho, pero mucho más grande. La moraleja es clara: en el mundo de los negocios, a veces es mejor ser un chatarrín millonario que un ídolo con acciones a la baja.





