Perú se une al club de Tobi de la derecha para darse de tortas con el crimen

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¡Saquen las matracas y el pisco! En una movida más predecible que el final de una telenovela, Estados Unidos anunció que Perú ha sido aceptado en el «Escudo de las Américas», el exclusivo club de presidentes de derecha que el mismísimo Donald Trump ideó para jugar a los policías y ladrones a nivel continental. El encargado de pasar la invitación fue Marco Rubio, quien anda de gira por Sudamérica como si fuera un vendedor de enciclopedias a domicilio, visitando a los gobiernos que todavía le contestan el teléfono a Washington.

La nueva jefa peruana, Keiko Fujimori, quien desde su campaña prometía más mano dura que instructor de gimnasio, estaba más ansiosa por unirse que fanático en fila para un concierto. Según Rubio, con esta alianza ahora todos van a «sincronizar esfuerzos» para protegerse de las «amenazas», que es la forma elegante de decir que se van a crear un grupo de WhatsApp para pasarse chismes sobre los malandros. Este selecto grupo ya cuenta con figuritas como Argentina, Ecuador y El Salvador, aunque curiosamente, países donde el narcotráfico juega en primera división, como México y Brasil, parece que dejaron en visto la invitación.

Pero esperen, que aquí viene el giro de tuerca. Justo cuando pensábamos que todo era sobre perseguir cacos y extorsionadores, Rubio sacó el as bajo la manga en un artículo que publicó: el verdadero monstruo debajo de la cama no son los criminales, ¡sino los chinos! El enviado de la Casa Blanca se quejó amargamente de que las inversiones del gigante asiático en Perú son más turbias que el agua de un florero, amenazando la «transparencia» y la «seguridad de los datos».

Al final del día, el mensaje es claro como el agua de un charco: la inversión gringa es buena, pura y viene con la bendición del águila calva; la china es mala, cochina y seguramente te roba la receta de la abuela. Así que el famoso «Escudo de las Américas» empieza a oler menos a una estrategia de seguridad y más a una campaña de «cómprame a mí, no a la competencia», demostrando que en la geopolítica, como en el mercado del barrio, lo importante es asegurarse de que el cliente no se vaya con el de enfrente.

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