Los inversionistas de Wall Street regresaron del feriado con la misma alegría que uno siente al ver una multa en el parabrisas. El mercado abrió con más caídas que un principiante en patinaje sobre hielo, todo porque el barril de petróleo decidió que quería costar casi 100 dólares. Mientras el S&P 500 y el Dow Jones se lamentaban en un rincón, las acciones tecnológicas se mantenían firmes, probablemente porque sus servidores funcionan con ansiedad y no con crudo.
El drama principal se desarrolla en el mercado energético, que está más tenso que una cuerda de guitarra a punto de romperse. Resulta que Arabia Saudita anunció que unos ataques los obligaron a pausar operaciones, lo que hizo que el precio del petróleo subiera más rápido que la presión arterial de un contador en abril. Los hutíes, por su parte, se adjudicaron los ataques a una refinería saudí, demostrando que los conflictos geopolíticos son la forma adulta de arruinarle la fiesta a todo el mundo.
Este repentino encarecimiento del combustible ha despertado al monstruo que todos temían: la inflación. La Reserva Federal, que actúa como el padre severo de la economía, ya está mirando con cara de pocos amigos y amenaza con subir las tasas de interés, el equivalente a castigar a todos sin salir por un mes. Ahora, el mercado entero está esperando el dato de inflación del viernes como si fuera el resultado de una prueba de paternidad.
Y por si el petróleo no fuera suficiente para amargar el día, el cobre decidió unirse al caos y alcanzar un precio récord por segunda vez consecutiva. Con la escasez de oferta y la alta demanda para centros de datos y redes eléctricas, el cobre se ha vuelto más codiciado que el último trozo de pastel en una fiesta de cumpleaños. Mientras tanto, el oro y la plata, generalmente los protagonistas del drama, andan de capa caída y sin mucho que aportar.
En el mercado de divisas, el yen japonés se fortaleció como si hubiera pasado el último mes en el gimnasio, haciendo que el dólar se viera débil y confundido. Esto benefició a la mayoría de las monedas latinoamericanas, que aprovecharon para ganar terreno mientras el gigante gringo estaba distraído. En resumen, la semana empieza con una economía global que se parece a una cena familiar incómoda, donde nadie sabe quién va a empezar la siguiente pelea, pero todos están seguros de que va a pasar.





