Tras una siesta de décadas, Europa y Canadá amenazan con bloquear los dátiles de la discordia

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En un giro de acontecimientos más lento que el servicio de internet de tu pueblo, una docena de países, incluyendo a Canadá y a la crema y nata de Europa, han decidido que ya estuvo bueno de hacerse los despistados. En una declaración conjunta que seguramente requirió meses de reuniones, cafés y galletas, anunciaron su «intención» de sancionar el comercio con los asentamientos israelíes en Cisjordania. Así es, no lo van a hacer, tienen la *intención* de hacerlo, que es el equivalente diplomático de decir «a ver qué día de estos te caigo».

Este club de naciones preocupadas, que incluye a España, Francia y el Reino Unido, alega que las cosas en Cisjordania se están poniendo más feas que una pelea en la cena de Navidad. Al parecer, la expansión de colonias y la violencia de los colonos están arruinando el plan de la «solución de dos Estados», esa idea tan bonita y utópica que ya suena a leyenda urbana, como el Chupacabras o un político que cumple sus promesas. Según ellos, seguir construyendo casas en territorio ajeno es como intentar hacer una dieta mientras vives dentro de una pastelería.

El Reino Unido, en un arranque de valentía que sorprendió a todos, acusó al gobierno israelí de «hacerse de la vista gorda» ante lo que describen como una «limpieza étnica» a cámara lenta. Su ministro, probablemente después de un té muy cargado, anunció con bombo y platillo: «Vamos a prohibir la importación de productos de esos lugares». Una medida que llega con la misma puntualidad que una disculpa de tu ex, años después de la ruptura. Mientras tanto, en la Unión Europea, el consenso para hacer algo al respecto es más difícil de encontrar que un unicornio en hora pico.

Así que, mientras la diplomacia internacional se mueve con la agilidad de un caracol con reumatismo, en Cisjordania conviven tres millones de palestinos con medio millón de colonos israelíes que, al parecer, no leyeron la parte del contrato que decía «no expandirse en el jardín del vecino». La comunidad internacional saca sus pancartas de «intención», esperando que con eso baste. Mientras tanto, los afectados probablemente preferirían menos intenciones y más acciones, antes de que el único producto que quede para comerciar sea la arena del desierto.

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