Mientras los mortales comunes aprovechaban un feriado para no hacer absolutamente nada, los futuros de Wall Street ya estaban sufriendo un ataque de ansiedad. El Dow Jones y el S&P 500 se pintaron de rojo, como si hubieran visto el fantasma de la inflación pasarles por enfrente. Resulta que el precio del petróleo y los bonos decidieron trepar más alto que las expectativas de tu mamá sobre tu vida, reviviendo el miedo a que el dinero valga menos que un tuit de político.
El epicentro de este desastre es el estrecho de Ormuz, que se ha convertido en el patio de recreo de Estados Unidos e Irán, quienes se la pasan jugando a los barquitos, pero con petroleros de verdad. Con el crudo Brent coqueteando con los 97 dólares por barril y acumulando un alza de casi el 60% este año, los inversionistas están más nerviosos que un estudiante en examen final. Ambos países afirman muy orgullosos haber atacado tres buques del otro, en una demostración de madurez digna de un jardín de infantes.
Como no podía faltar el coro de expertos, los analistas de Goldman Sachs sacaron su bola de cristal para decir lo obvio. Si la fiesta de cañonazos sigue, el barril podría llegar a los 120 dólares. Pero si de repente todos se abrazan y cantan canciones de paz, podría bajar a 80 dólares. Básicamente, o sube o baja, una predicción tan útil como un paraguas en un huracán. Mientras tanto, por esa zona ahora solo pasan 7 millones de barriles diarios, cuando antes cruzaban 20 millones como si fuera una autopista.
La histeria, por supuesto, cruzó el charco y llegó a Europa, donde el gas natural ha subido más de un 120%. Allá se preparan para un invierno más frío que el corazón de tu ex, con las reservas en mínimos históricos. El Banco Central Europeo ya está afilando las tijeras para subir las tasas de interés, en un intento desesperado por controlar un incendio con una pistolita de agua. Parece que la única solución que conocen es hacer que pedir un préstamo sea más difícil que armar un mueble de Ikea.
Y para rematar el cuadro de pesadilla, otras empresas se unieron al festival del fracaso. Shein, el gigante de la ropa de usar y tirar, perdió 5.000 millones de dólares de valor en una semana. Por su parte, Jaguar Land Rover anunció que despedirá a 4.000 empleados, casi el 10% de su gente. Para cerrar con broche de oro, Novo Nordisk suspendió las pruebas de un fármaco para el corazón porque tenía menos probabilidades de éxito que una dieta que empieza en lunes.
Así que, mientras los trajeados de las finanzas sudan frío pensando en sus carteras, el resto de nosotros nos preocupamos por si esta nueva crisis hará que el aguacate vuelva a costar un ojo de la cara. El dato de inflación de Estados Unidos sale el viernes, y se espera que defina el humor de los mercados. Prepárense para otra semana en la que la economía mundial tendrá la estabilidad emocional de un actor de telenovela.





