En lo que ya se ha convertido en la lloradera anual más esperada que el especial de Navidad de Raphael, el canciller cubano Bruno Rodríguez sacó la calculadora y, a la luz de tres velas y un celular con 5% de batería, anunció al mundo que el berrinche de Estados Unidos les costó la friolera de 8.000 millones de dólares en solo un año. Una cifra récord que demuestra que el Tío Sam, en modo ex tóxico, no solo te bloquea, sino que llama a todos tus amigos para que tampoco te hablen.
Según el canciller-vocero, esta cuenta de restaurante caro ni siquiera incluye los «extras», como el cerco energético que Washington les montó en los últimos meses, que básicamente consiste en jugar al escondite con los barcos petroleros. Desde que Donald Trump amenazó con ponerle un castigo sin recreo a cualquiera que le vendiera una gota de combustible a la isla, el puerto de La Habana parece más desierto que un centro comercial en lunes por la mañana. Solo un valiente petrolero ruso ha logrado llegar, probablemente navegando de noche y con las luces apagadas.
Las consecuencias de este gigantesco «dejarte en visto» diplomático han convertido la vida en la isla en un curso de supervivencia avanzado. Los apagones de más de 60 horas ya no son una emergencia, sino un detox digital forzoso para 9.4 millones de personas. La situación ha llegado a tal nivel de surrealismo que, según Rodríguez, los médicos están desbloqueando el modo ‘MacGyver’ y terminan operaciones con lámparas de camping y la linterna del móvil, mientras la enfermera reza para que a nadie se le acabe la batería.
A pesar de describir un panorama que haría llorar a un director de cine postapocalíptico, el canciller sacó el manual del estoicismo caribeño y aseguró que «no habrá una crisis humanitaria», pidiendo a la gente que se abracen y compartan el último plátano que quede. Confirmó que de vez en cuando se mandan un mensaje con el Departamento de Estado, pero que la conversación es tan fluida como la de dos ex que se encuentran en el súper: un saludo incómodo y cada uno por su lado. No hay planes, ni agendas, ni ganas, pero oye, la disposición de seguir ignorándose mutuamente sigue ahí.





