Uruguayos empiezan a confiar en el peso como si fuera un viejo amigo reformado, mientras el dólar mira desde la esquina con celos

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En un giro de los acontecimientos que desafía décadas de trauma financiero, los uruguayos están empezando a mirar a su propia moneda, el peso, con algo más que desdén. Después de años de tratarlo como a ese pariente pobre y poco fiable al que no le prestas ni para el autobús, ahora le están confiando sus ahorros. El dólar, que durante mucho tiempo fue el novio extranjero, guapo y estable, ahora observa desde un rincón con una mezcla de sorpresa y celos, mientras el modesto peso se roba toda la atención.

Este repentino ataque de patriotismo monetario es el resultado de un milagro local: una inflación tan controlada que hasta los economistas más pesimistas han tenido que guardar sus gráficos apocalípticos. Esto ha provocado una avalancha de fondos de inversión en pesos, con empresas como Balanz y MercadoLibre compitiendo por el dinero de gente que antes prefería esconder los billetes verdes debajo del colchón. La situación es tan irónica que ocurre justo al lado de Argentina, donde su presidente sueña con reemplazar su moneda por el mismísimo dólar que los uruguayos están empezando a ignorar.

Claro que el cambio no es de la noche a la mañana. Uruguay, esa isla de cordura en un mar de caos sudamericano, todavía tiene un trastorno de doble personalidad financiera. Los cajeros automáticos siguen escupiendo tanto pesos como dólares, y nadie en su sano juicio intentaría comprar una casa o un coche en moneda local. Es como si el país hubiera decidido darle una segunda oportunidad a su exnovio tóxico que ahora hace yoga y va a terapia, pero todavía no se atreve a presentarle a sus padres.

La estrategia de desdolarización, impulsada por un presidente del Banco Central que parece tener una varita mágica, está dando sus frutos. Las inversiones en valores en pesos se han triplicado en los últimos dos años, y la proporción de depósitos bancarios en moneda extranjera ha bajado del 73% al 69%. Puede que no parezca mucho, pero en el mundo de la economía, es el equivalente a que un equipo chico le gane al campeón mundial.

La nueva moda ha llegado incluso a los pequeños ahorradores, que ahora pueden invertir desde 1.000 pesos, una cantidad tan accesible que podrías financiarla con lo que te sobró de las compras del supermercado. El gobierno, por su parte, está más feliz que un perro con dos colas, ya que ahora puede endeudarse en su propia moneda, reduciendo el riesgo de que una subida del dólar le provoque un infarto financiero. Aunque el camino es largo, todo indica que el peso uruguayo está viviendo su propio cuento de hadas, demostrando que con un poco de orden y disciplina, hasta el patito más feo puede convertirse en cisne.

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