Funcionarios estadounidenses salieron a defender el acuerdo con el que Washington se mete como socio en una empresa conjunta para manejar campos petroleros en Venezuela. Lo pintan como el plan perfecto para asegurar crudo estable y de paso ayudar a reconstruir un país destrozado por décadas de corrupción, esa misma corrupción que parece haber sido el abono con el que crecieron ciertas fortunas.
El convenio le da a Estados Unidos acceso a más o menos una quinta parte de las reservas petroleras venezolanas. Un funcionario lo vendió como “oportunidad geopolítica” para hacerse con yacimientos que antes olían más a influencia china y rusa que a arepa recién hecha. En criollo: llegaron a la fiesta, miraron el pastel y dijeron “este pedazo es nuestro”.
Cuando le preguntaron por Alejandro Betancourt, el empresario de North American Blue Energy Partners que está en el centro del negocio después del arrendamiento de 100 años sobre 17 yacimientos gordos, el funcionario soltó la perla: lo investigaron, pero “no enfrenta ningún cargo en Estados Unidos por violar nuestras leyes”. Y remató con la frase digna de suegra diplomática: “No estoy proponiendo a nadie para la santidad”. Traducción libre: no es monaguillo, pero para este trato nos sirve.
Todo lo amarraron al deseo de una “Venezuela estable y democrática”. Eso sí, las elecciones no son para ya. “Lo último que queremos es que un gobierno electo herede un país en crisis”, confesó el mismo funcionario, como quien prefiere terminar de ordenar la casa antes de que lleguen los nuevos inquilinos a quejarse del olor. Las conversaciones políticas entre gobierno y oposición se retoman a mediados de septiembre.
Mientras tanto, el secretario de Energía Chris Wright viaja hoy mismo a Venezuela y Chevron firmará el miércoles su propio acuerdo para ampliar operaciones. Resumen del capítulo: los gringos se aseguran el grifo, limpian un poquito la ficha del bolichico y prometen democracia… pero sin apuro. El petróleo, como siempre, manda más que cualquier discurso de transición.





