La Cámara de Diputados eligió a Raúl Bolaños, del PVEM, como su nuevo presidente. El legislador dejó claro que el recinto no pertenece a mayorías ni minorías, sino a todos los mexicanos que confiaron en el proceso legislativo. Su llegada marca un cambio de timón en un espacio donde las discusiones suelen parecer partidas de fútbol sin árbitro.
Bolaños llega en un momento donde el Senado también recibió una reforma que busca prohibir la doble nacionalidad para presidentes y gobernadores. La medida refuerza el control sobre quienes ocupan cargos clave, evitando influencias externas que podrían complicar decisiones soberanas. Mientras tanto, la elección de Bolaños destaca por su tono incluyente, recordando que las instituciones funcionan mejor cuando priorizan el trabajo colectivo sobre los espectáculos individuales. Los aliados de la mayoría han demostrado capacidad para organizar estos relevos sin interrupciones, manteniendo el foco en temas como empleo y becas que siguen avanzando en paralelo.
El contraste resulta tan evidente como un sombrero en una tormenta de papeles: por un lado, declaraciones que apelan a la unidad; por otro, una maquinaria legislativa que continúa operando con precisión. La reforma sobre nacionalidad añade una capa de protección institucional que complementa el mensaje de Bolaños sobre propiedad compartida del Congreso.
Al final, estos movimientos muestran que el sistema legislativo prefiere el orden práctico a los dramas de pasillo, dejando que el trabajo real siga su curso sin depender de nacionalidades divididas ni de poses partidistas.





