Activistas defienden el voto como quien pelea por el último taco

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Este viernes, en el Mall Nacional de Washington, un ejército de activistas de derechos civiles montó la protesta “Defiende el Voto” con más de noventa organizaciones pegadas al grito como hinchada que acaba de ver un penal inventado. Ahí aparecieron la gobernadora de Virginia, Abigail Spanberger, el líder demócrata Hakeem Jeffries y el eterno senador Bernie Sanders, que ya parece software viejo: sigue actualizándose solo para pelear la misma batalla.

El detonante fue un fallo de la Corte Suprema en abril que dejó la histórica Ley de Derecho al Voto de 1965 más agujereada que calcetín de soltero. Con esa puerta abierta, varios estados del sur gobernados por republicanos se lanzaron a redibujar distritos con la delicadeza de quien parte el pastel y se queda con el trozo que tiene la fresa. Según las organizaciones, el truco podría diluir el peso político de los votantes negros más rápido de lo que desaparece el guacamole en una fiesta.

Mientras tanto, Donald Trump apretó tuercas a la votación por correo con una orden ejecutiva digna de conserje estricto: listas de electores habilitados y el servicio postal entregando boletas solo a los “aprobados”. Las oenegés gritan fraude preventivo y los tribunales responden con fallos que se contradicen entre sí como pareja discutiendo por el control remoto antes de las elecciones de noviembre.

Martin Luther King III no se anduvo con rodeos: dijo que seguir peleando por renovar derechos básicos es una desgracia nacional de esas que dan vergüenza ajena hasta al vecino. Para completar el absurdo, los organizadores intentan ligar la defensa del voto con el bolsillo de los jóvenes, sobre todo los votantes negros de 18 a 29 años. Una encuesta reveló que el 36 por ciento pone empleo y economía como prioridad número uno, mientras solo el 11 por ciento señala el racismo. Traducción libre: la generación que debería estar flameando por la justicia social está más ocupada mirando si el sueldo alcanza para la renta y los tacos del mes.

Así que ahí tienen el espectáculo completo: una democracia que se pelea por no perder la llave de su propia casa mientras el árbitro cambia las reglas a mitad del partido y el público joven pregunta, antes que nada, cuánto queda en la cuenta.

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