En un episodio más de la telenovela comercial «¿Y tú por qué me cobras más?», Canadá ha decidido ajustar su lista de castigos arancelarios contra Estados Unidos. Con la delicadeza de quien cambia de canal en mitad de un partido, el gobierno canadiense sacó de la lista negra a los pescados y mariscos, y en su lugar metió al alambre de cobre y al carbón vegetal. Aparentemente, ahora la pelea es contra los que disfrutan de una buena parrillada y de hacer sus propias reparaciones en casa.
Toda esta movida, orquestada por el gobierno del primer ministro Mark Carney, busca igualar el marcador en esta pelea de vecinos, que involucra la friolera de 20.000 millones de dólares. Como respuesta a los aranceles del 50 % que Donald Trump le recetó a los productos canadienses, Canadá aplicará su propia medicina a partir del 8 de septiembre. Es el equivalente económico de «si tú rayas mi coche, yo escondo tu control remoto».
La decisión de perdonarle la vida a los productos del mar no fue un acto de piedad, sino más bien de sentido común. El ministro de Finanzas, Francois-Philippe Champagne, admitió que la industria pesquera de su propio país les mandó un mensajito diciendo que tal vez, solo tal vez, castigar a su principal comprador no era la mejor idea del mundo. Fue un momento de claridad similar a darse cuenta de que no puedes cortar la rama del árbol sobre la que estás sentado.
Así que, para compensar, los genios de las finanzas canadienses se pusieron creativos y ampliaron su lista de represalias. Además del carbón para las hamburguesas y el alambre de cobre, ahora también cobrarán un 50 % extra por ciertos envases de vidrio, imágenes impresas y hasta baldosas de yeso. Parece que sacaron los productos de un catálogo de mejoras para el hogar escogido al azar, con los ojos cerrados.
Esta guerra de aranceles se pone cada vez más extraña, apuntando a productos que la mayoría de la gente ni siquiera sabía que se importaban. Mientras los políticos juegan a ver quién tiene la lista de compras más intimidante, los ciudadanos de a pie se preparan para pagar más por su próxima barbacoa o por ese arreglo pendiente en la pared del baño.
Al final del día, esta disputa se siente menos como una estrategia económica seria y más como una pelea pasivo-agresiva entre dos compañeros de piso que se dejan notitas en el refrigerador. Solo que, en este caso, las notitas cuestan miles de millones de dólares y las pagan todos los demás. ¡Qué maravillosa es la diplomacia moderna





