El mercado bursátil hoy tiene la personalidad de un adolescente con dos cuentas de redes sociales: una pública para la fiesta y otra privada para la depresión. Por un lado, el sector tecnológico, liderado por su nuevo mesías Nvidia, está celebrando como si no hubiera un mañana. Por el otro, el resto de los mortales mira de reojo a la Reserva Federal, esa tía regañona que amenaza con apagar la música y subir las tasas de interés si no se portan bien.
Nvidia no solo cumplió, sino que llegó a la fiesta con mariachi, un barril de bebida y pagando la cuenta de todos. La empresa proyectó un crecimiento de ingresos cercano al 70% para su año fiscal 2028, dejando en ridículo el 45% que esperaban los analistas de traje y corbata. Para rematar, sus ingresos del último trimestre fueron de 96.200 millones de dólares, una cifra que demuestra que su negocio principal es básicamente una máquina de imprimir dinero.
El director ejecutivo, Jensen Huang, declaró que “el despliegue de infraestructura de IA está a toda máquina”, lo que en lenguaje normal significa que están vendiendo chips más rápido de lo que pueden fabricarlos. Su directora financiera, Colette Kress, fue más directa y admitió que la demanda se está acelerando tanto que el crecimiento podría duplicarse el próximo año. Es el tipo de problema que todos quisiéramos tener, como quejarse de que no te caben los billetes en la cartera.
Mientras el Nasdaq y el S&P 500 se subían a la mesa a bailar gracias a Nvidia, el pobre Dow Jones se quedaba en un rincón mirando el celular con una caída del 0,12%. Este pobre índice industrial representa a la parte del mercado que sí tiene que preocuparse por cosas aburridas de adultos, como la inflación y si la Reserva Federal se va a poner de mal humor otra vez.
La cruda realidad es que los datos económicos, como la inesperada caída en las solicitudes de desempleo, le dan más pretextos a la Fed para seguir con su política de mano dura. Por eso, todo el mundo estará pegado a la pantalla el viernes para escuchar el discurso de Kevin Warsh en Jackson Hole, esperando que no anuncie que la fiesta se acabó y que es hora de irse a casa.
En resumen, Wall Street vive en una esquizofrenia total. Por un lado, una fiesta tecnológica salvaje y exclusiva cortesía de Nvidia. Por el otro, un mar de ansiedad y sudores fríos esperando el veredicto de los mandamases de la economía. El mercado está tan dividido que parece un capítulo de telenovela: unos celebran su fortuna mientras los otros esperan con angustia los resultados de una prueba de paternidad.





