Justo cuando los genios de Wall Street se preparaban para anunciar con cara de velorio que la fiesta de la inteligencia artificial se había acabado, Nvidia llegó pateando la puerta con una carretilla llena de dinero. La compañía no solo calmó los nervios de los inversores, sino que básicamente se rio en su cara con unos resultados que parecen sacados de un videojuego con el truco de dinero infinito activado. Las dudas sobre una posible desaceleración se evaporaron más rápido que el sueldo en fin de semana.
La empresa no solo superó las expectativas por decimosexta vez consecutiva, algo que ya aburre de tan predecible, sino que lo hizo con ingresos por 96.200 millones de dólares. Como respuesta, sus acciones se dispararon, añadiendo casi 300.000 millones de dólares a su valor de mercado en un solo día, una cifra con la que podrías comprar varios países pequeños y todavía te sobraría para los refrescos. Es el equivalente financiero a ganar la lotería y luego encontrar un tesoro pirata en el patio trasero.
Pero lo verdaderamente cómico llegó con las predicciones a futuro. La directora financiera, Colette Kress, básicamente dijo que la demanda se está acelerando tanto que no saben dónde meter los pedidos, proyectando un crecimiento de ventas del 70% para el año fiscal 2028. Esto dejó a los analistas, que esperaban un “modesto” 45%, buscando sus calculadoras y una silla para no desmayarse. La demanda supera a la oferta a un nivel que parece una broma.
Como era de esperarse, los analistas de los grandes bancos, desde Citi hasta JPMorgan, corrieron a subir sus precios objetivo como si estuvieran en una subasta por el último trozo de pastel. Mantuvieron su recomendación de «compra» con un fervor casi religioso, aplaudiendo con las orejas ante la perspectiva de que la gallina de los huevos de oro siga poniendo más y más. Wall Street ahora mira a Nvidia con la misma devoción con la que un niño mira una tienda de dulces.
Claro, no todo es perfecto en el paraíso de los chips, si es que se le puede llamar problema. La compañía se queja de que su margen de ganancia podría bajar de un estratosférico 75% a un “mísero” 72%, el tipo de tragedia que a todos nos gustaría tener. Además, ahora tardan 60 días en cobrar en lugar de 45, el drama de tener tantos clientes que la fila para pagar ya da la vuelta a la manzana.
En resumen, el mayor problema de Nvidia no es si la gente quiere sus productos, sino cómo diablos fabricarlos lo suficientemente rápido para la horda de clientes que les arroja dinero. La empresa ha llegado a tal nivel de opulencia que ahora hasta participa en la financiación de la infraestructura de sus propios clientes para que le puedan comprar más. Una jugada maestra para asegurarse de que la rueda del dinero nunca, pero nunca, deje de girar.





