Trump quiere aranceles a chips y la inteligencia artificial se echa a temblar

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La Administración Trump está mirando los semiconductores como quien mira la bandeja de botana en una fiesta: con ganas de cobrarse algo aunque se acabe la reunión. Según ocho personas que oyeron los corrillos (y que juran no haber pedido el micrófono), Washington sopesa una nueva ronda de aranceles que no solo pega al chip, sino al aparatejo entero que lo lleva encima: laptops, consolas y hasta esos servidores que alimentan los centros de datos como si fueran fondas de madrugada.

El plan, todavía más crudo que un guiso a medias, ampliaría la lista de víctimas tecnológicas de forma tan generosa que hasta el control remoto del salón podría pedir asilo. Cuatro de las fuentes susurran que el secretario de Comercio, Howard Lutnick, prefiere un esquema de “inviertes aquí o pagas como en caseta de autopista”: la empresa extranjera se libra del arancel si pone fábrica de chips en suelo estadounidense. Nada como el romance forzado entre capital foráneo y terruño patrio.

También barajan una entrada gradual, de esas que anuncian “vamos poquito a poquito” y terminan como dieta de enero: con todo el mundo sudando y sin resultados a la vista. El marco, advierten, puede cambiar en semanas o meses, o sea, tiene la estabilidad emocional de un grupo de WhatsApp familiar en plena herencia.

La industria tecnológica estadounidense, ya de por sí racionando semiconductores de alta gama como quien reparte tacos en cola del estadio, entró en modo alarma. Quieren más fabricación local —nadie discute el sueño del chip con acta de nacimiento gringa—, pero recuerdan que una planta avanzada cuesta miles de millones y tarda años en salir del horno. Mientras tanto, seguirán dependiendo de un puñado de proveedores asiáticos (Malasia, Corea del Sur, Taiwán) con la misma devoción con la que uno depende del café antes de la junta de las ocho.

Desde la Casa Blanca, el portavoz Kush Desai soltó la frase de manual: el regreso de la fabricación de semiconductores es prioridad de Trump y ya hay cientos de miles de millones en promesas de inversión. Traducción libre: el discurso va en serio; el silicio, por ahora, sigue haciendo escala en otro continente.

Así que el dilema queda servido: ¿dominar la inteligencia artificial o pelearse con el arancel como si fuera suegra en Navidad? En esta telenovela de circuitos y aduanas, el único que aún no ha hablado es el chip… y ya está sudando soldadura.

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