El Tío Sam intenta solucionar sus deudas comprándose sus propias cosas, en un plan digno de un coyote

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En una movida que tiene más sentido que peinarse con un martillo, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, decidió que la mejor forma de arreglar los problemas de dinero del país es… ¡comprándose su propia deuda! Al parecer, alguien en el gobierno descubrió el botón de “comprar ahora” y se está dando gusto, en un intento desesperado por hacer que los costos de endeudamiento no parezcan la cuenta de un bar después de una final de fútbol. La lógica es tan retorcida que hasta los economistas están buscando el manual de instrucciones.

El plan maestro consiste en que el Tesoro “duplicará” la recompra de sus propios bonos a largo plazo. Es el equivalente financiero a intentar subir en las listas de popularidad comprando todos tus propios discos. Sorprendentemente, la maroma está medio funcionando: los bonos del Tesoro ahora parecen más atractivos que un viernes de quincena, y la diferencia con otros productos financieros complejos, que solo entienden tres personas en el mundo, se ha reducido a su nivel más bajo desde febrero.

Claro que los tiburones de las finanzas no se quedaron de brazos cruzados. Al ver la jugada, los fondos de cobertura se lanzaron a apostar en esta locura como si no hubiera un mañana. Sus posiciones en este enredo financiero saltaron de menos de 50 mil millones de dólares en 2022 a un récord de 305 mil millones el año pasado, demostrando que donde hay confusión, siempre hay alguien listo para sacar tajada. Ahora, nadie se atreve a apostar contra Bessent, por miedo a que el tipo con la billetera del gobierno les arruine la fiesta.

Sin embargo, no todos están aplaudiendo este acto de magia económica. El multimillonario Stanley Druckenmiller, entre otros, ha calificado la intervención como un error garrafal. Estos aguafiestas señalan que, aunque la maniobra luzca ingeniosa, el verdadero problema sigue ahí: Estados Unidos tiene un déficit presupuestario más grande que el ego de un político en campaña. Tapar ese agujero comprando sus propios pagarés es como intentar vaciar el océano con un vasito de plástico.

A pesar de todo el espectáculo, la cruda realidad es que los costos para pedir prestado siguen por las nubes. El rendimiento de los bonos a 10 años, el que tanto le preocupa a la administración, se mantiene rondando un doloroso 4.64%. Es decir, el truco de Bessent ha servido para bajar la fiebre de 40 a 39 grados, pero el paciente sigue delirando y con una deuda que no para de crecer.

Al final del día, esta estrategia parece más un intento de patear la lata para adelante con la esperanza de que el que venga después se encargue del desastre. Mientras el gobierno juega a ser su propio mejor cliente, el resto de los mortales observa el espectáculo preguntándose en qué momento la torre de Jenga financiera se vendrá abajo. Spoiler: probablemente cuando a todos nos toque pagar la cuenta.

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