Seúl ha mandado aviones de combate a dar una vueltecita de “aquí no se juega” después de que varias aeronaves militares rusas se metieran en su zona de identificación de defensa aérea. Es la segunda vez en pocas semanas que los del Kremlin aparecen como quien llega sin avisar a la fiesta del vecino y se come los cacahuates.
El Ministerio de Defensa surcoreano contó que detectaron a los rusos antes de que cruzaran la raya invisible sobre el mar del Este (ese que también llaman de Japón, para liarla más) y soltaron cazas por si las moscas. Los intrusos entraron, miraron, salieron y no tocaron el espacio aéreo soberano. O sea: molestia de alto voltaje, pero sin romper el jarrón chino de la legalidad.
Una zona de identificación no es territorio propio, sino el patio donde te exigen que digas quién eres por educación y por no llevarte un susto. Se espera que los militares avisen… aunque no haya multa si se hacen los suecos. Rusia, claro, prefiere el estilo “ya estoy aquí, ¿qué pasa?”.
Las relaciones entre Seúl y Moscú van de mal en peor desde que Corea del Sur se sumó a las sanciones occidentales por la invasión de Ucrania en 2022. Mientras tanto, Rusia se ha puesto más cariñosa que nunca con Corea del Norte, ese vecino del norte que siempre trae drama bajo el brazo. A finales de junio ya hubo un festival aéreo: más de diez aviones chinos y rusos de fiesta por la misma zona. Parece que a algunos les encanta probar si el timbre surcoreano sigue funcionando.
Moraleja para el personal con pasaporte de combate: si te metes sin llamar al portero, no te quejes cuando te salgan a recibir con reactores encendidos. Que luego dicen que nadie avisó.





