Estados Unidos, ese amigo que siempre dice “yo solo quiero que se lleven bien” mientras acomoda las sillas del ring, anunció que a principios de septiembre volverá a reunir en Roma a Israel y Líbano. La idea es bajar la tensión en la zona, o al menos fingir que alguien está bajándola con un extintor prestado.
El plan suena a manual de convivencia forzada: el ejército libanés entra en “zonas piloto” que Israel va dejando, siempre y cuando Hezbolá guarde los cohetes en el armario de la abuela y prometa no sacarlos ni para el día de la Independencia. Hezbolá, por su parte, ha respondido con el clásico “ni loco suelto el control remoto”, así que el desarme sigue más trabado que ascensor en hora pico.
Mientras tanto, el alto el fuego de junio convive con bombardeos selectos, como ese doble ataque del martes que dejó un muerto y una ambulancia hecha confeti. Nada dice “estamos dialogando” como convertir un vehículo de socorro en escultura moderna. Un funcionario gringo, hablando en modo fantasma anónimo, aseguró que todo va “de maravilla”: ya hay mapas coincidentes, jerga unificada y grupos de trabajo que por fin se ponen de acuerdo en cómo se dice “no nos disparemos hoy”.
Eso sí, las conversaciones de la semana pasada en Roma se retrasaron un poquito por los ataques israelíes, pero el grupo militar de coordinación salió al quite como el cuñado que traduce en las peleas familiares. Las delegaciones hasta cerraron una hoja de ruta para abrir más zonas piloto… aunque desde la presidencia libanesa soltaron la joyita de que Israel no quiere señalar nuevos sectores hasta “verificar” que el ejército libanés controla de verdad los dos primeros. Traducción libre: “primero demuestren que pueden barrer el patio y luego hablamos de las llaves”.
En resumen, Roma se prepara para otra ronda de apretones de mano, mapas subrayados y sonrisas de compromiso, mientras en el sur del Líbano la realidad sigue escribiendo su propio guion, a base de explosiones y comunicados indignados. El marco está “en aplicación”, dicen. Falta ver si algún día deja de ser un marco vacío con la foto de la paz torcida.




