Parece que el nuevo deporte nacional en Brasil es el malabarismo con tarjetas de crédito, y la mayoría de la gente acaba de dejar caer todas las pelotas al mismo tiempo. La calidad crediticia en el país se ha ido a pique de una manera tan espectacular que los bancos no saben si reír o llorar. La morosidad de los consumidores alcanzó un récord del 5,6%, un nivel que ni en las peores recesiones se había visto. Básicamente, una parte del país decidió que pagar deudas era un pasatiempo opcional.
El origen de este desastre financiero es tan absurdo como predecible: un festival de préstamos descontrolado. Según el director de Itaú, el banco más grande del país, los brasileños tienen un promedio de seis tarjetas de crédito por cabeza. La estrategia de supervivencia es una especie de «muerte súbita» financiera, donde la gente le paga al banco que más le grita y deja de pagarle a los otros cinco, esperando un milagro que nunca llega. Las deudas ya se comen un tercio de los ingresos mensuales de la gente.
Mientras tanto, los ejecutivos de los bancos, que hasta hace poco repartían plástico como si fueran volantes en la calle, ahora tienen cara de funeral. El director financiero del Santander Brasil fue tan optimista que dijo que la situación quizás mejore «a principios de 2027». Su tono pasó del optimismo cauteloso al pesimismo puro, como quien se da cuenta a mitad de la fiesta de que no le alcanza para pagar la cuenta. Ahora frenan los préstamos, especialmente a los de menores ingresos, a quienes antes tentaban sin piedad.
Para intentar apagar este incendio con un vaso de agua, el presidente Lula lanzó un programa de renegociación de deudas. ¿El resultado? Un fracaso espectacular. La gente que se acogió al plan para pagar sus deudas… ¡dejó de pagar el plan! La tasa de incumplimiento de los créditos renegociados es del 9,8%, demostrando que la esperanza es lo último que se pierde, justo después del dinero. Los bancos privados le han hecho el quite a la iniciativa como si fuera una plaga.
Un analista de Citigroup lo resumió perfectamente al decir que «el crédito al consumo es un complemento de los ingresos», el eufemismo más elegante del año para decir que la gente está pagando el supermercado con el dinero que todavía no ha ganado y que probablemente nunca tendrá. Brasil está atrapado en una resaca de crédito monumental, demostrando que cuando la fiesta se acaba, la realidad llega con una factura imposible de pagar.




