Parece que en YPF encontraron un mapa del tesoro, porque un día después de presentar uno de los mejores balances de su historia, salieron a gritar a los cuatro vientos que lo mejor está por venir. La petrolera argentina, con la confianza de un adolescente que acaba de descubrir el gimnasio, elevó sus proyecciones de ganancias para 2026 de unos modestos 6.000 millones de dólares a la friolera de 8.000 millones. Un aumento del 33% que básicamente es la versión corporativa de subirse a una mesa y gritar «¡soy el rey del mundo!».
La compañía tiene una obsesión con Vaca Muerta que ni tu ex revisando tus redes sociales. Planean inyectarle casi el 70% de su nuevo y abultado presupuesto de inversiones, que ahora ronda los 6.000 millones de dólares. Ya están operando 16 equipos de perforación, pero como si fuera una competencia, quieren terminar el año con 19 y llegar a 21 para febrero. A este ritmo, no van a parar hasta que encuentren petróleo en el jardín del vecino.
Toda esta euforia se debe a que les está entrando dinero por las ventanas. La empresa espera cerrar el año con un flujo de caja positivo de 2.000 millones de dólares, después de pagar todas sus cuentas. Además, su deuda es la más baja en una década, lo que los tiene con la billetera tan gorda y el ego tan inflado que podrían usar billetes para encender los asados del domingo. Están duplicando sus ganancias en apenas tres años, una hazaña que ya quisieran muchos para toda una vida.
Pero no todo es un camino de rosas en el mundo del petróleo. La empresa también confesó que su plan para vender la división YPF Agro fue un fracaso rotundo, como ese trasto viejo que nadie quiere comprar en una venta de garaje. ¿Su solución? Reorganizarla y ponerla en otro rincón de la empresa, a ver si así alguien se fija en ella. Una movida digna de quien esconde el desorden debajo de la alfombra.
La anécdota que resume su estado actual de opulencia es surrealista. Resulta que un barco que transportaba una pieza clave para un proyecto se quedó atascado en el conflictivo estrecho de Ormuz. ¿Entraron en pánico? Para nada. Su «Plan B» fue simplemente comprar otra pieza igualita y mandarla por otro lado. Una solución que demuestra que cuando tienes suficiente dinero, los problemas del mundo se arreglan con una simple orden de compra.




