Resulta que en la Unión Europea decidieron que RT ya no puede andar de cotilla profesional. Ni micrófono, ni cámara, ni esa carita de “solo pregunto”. Prohibido. Como cuando te echan del grupo familiar de WhatsApp por mandar demasiados audios a las tres de la mañana.
La medida es tan contundente que, de rebote, otros medios y periodistas se quedaron mirando el techo preguntándose si les toca el mismo tratamiento o solo les cayó la salpicadura. Porque nada dice “libertad de prensa con asteriscos” como ver cómo cierran el grifo a uno y de paso mojan a medio pasillo.
El asunto tiene ese aroma inconfundible a pelea de bar convertida en reglamento: unos gritan “propaganda”, otros gritan “censura”, y el público adulto se sirve otra cerveza mientras piensa que esto parece menos debate democrático y más episodio de reality donde expulsan al contestatario antes del final de temporada.
Al final, RT se queda sin permiso para preguntar en territorio europeo y varios más descubren que el silencio también se contagia. Como aquella cena familiar donde nadie quiere sacar el tema de política… hasta que alguien lo saca y terminan todos sin postre.




