El canciller Roberto Velasco y su homólogo japonés Toshimitsu Motegi se juntaron en la Secretaría de Relaciones Exteriores para celebrar que su amistad ya dura más de cuatro siglos, algo así como esos vecinos que se conocen desde antes de que existiera el metro y siguen prestándose el taladro sin pelearse. En la reunión sellaron tratos de energía, comercio y medio ambiente, como si estuvieran organizando una kermés gigante pero con barriles de crudo en vez de tamales.
Lo más llamativo es que Japón ya recibió el primer millón de barriles de petróleo mexicano, un envío pactado desde abril y que ahora cobra sentido porque en Oriente Medio hay más líos que en una reunión familiar con herencias de por medio. Los dos ministros coincidieron en que hay que reforzar la seguridad energética, mientras crean un grupo de trabajo para modernizar el comercio y otro diálogo de alto nivel que meterá temas como la inteligencia artificial y las cadenas de suministro. Imagínate a los diplomáticos discutiendo de robots y algoritmos mientras por otro lado negocian cómo sacar el sargazo del Caribe antes de que las playas se conviertan en un jardín flotante.
Japón resulta ser el octavo socio comercial de México y el cuarto inversionista más grande, con más de mil seiscientas empresas que dan trabajo a cerca de trescientas cincuenta mil personas. Velasco lo resumió como un aliado estratégico, aunque en la práctica parece más un socio que te presta dinero para el coche pero te pide que le mandes gasolina cuando se le acaba. Además, las agencias de cooperación de ambos países lanzarán un programa contra el sargazo, esa plaga marina que ya parece una broma pesada de la naturaleza, y México mandó sus condolencias por los sismos recientes en Kumamoto.
Al final, la relación México-Japón sigue tan sólida como una licuadora vieja que sigue funcionando después de décadas: mandan petróleo, hablan de inteligencia artificial, pelean contra algas invasoras y se dan el pésame por los temblores. Los cancilleres se van contentos, los barriles ya están en camino y el sargazo sigue esperando a que alguien le corte el paso antes de que decida mudarse a Cancún. Porque en este mundo de diplomacia y petróleo, lo único que no falta son problemas flotando en el mar.




