Mientras la mayoría de los adolescentes luchaban contra el acné y las ecuaciones de segundo grado, un selecto grupo de mexicanos ya andaba coleccionando medallas como si fueran tazos. Los Juegos Olímpicos de la Juventud resultaron ser el calentamiento perfecto para cuatro atletas que después llegaron a humillar al resto de los mortales en los Juegos Olímpicos de verdad.
El primero en arruinar la curva para todos fue el clavadista Iván García, quien en Singapur 2010 se colgó un bronce juvenil y dos años después, en Londres 2012, una plata olímpica, demostrando que la pubertad y la gloria deportiva pueden coexistir. Luego llegó la halterista Aremi Fuentes, quien tras su bronce juvenil en 2010 se tomó once largos años para repetir la hazaña en Tokio 2020, básicamente cocinando su éxito a fuego lento, como una barbacoa de campeonato.
El caso de Alejandra Orozco fue un guion escrito al revés. La clavadista se agenció una plata en Londres 2012 con solo 15 años y *después* fue a los Juegos de la Juventud en Nanjing 2014 a ganar más metales, como quien va a recoger el cambio que se le olvidó en la tiendita. Finalmente, Gabriela Agúndez, su compañera de sincronizados, siguió el camino tradicional: bronce juvenil en Buenos Aires 2018 y bronce de mayores en Tokio 2020, cerrando con broche de oro este club de súper humanos precoces.
Estos cuatro mexicanos no solo pusieron el nombre del país en alto, sino que también elevaron la vara para las futuras generaciones. Ahora, cada vez que un joven diga que no puede hacer su tarea, sus padres podrán recordarle que a su edad, otros estaban subiendo al podio olímpico. No hay presión, claro que no.




