Gurú tecnológico se olvida de los robots y se hace de oro con petróleo argentino

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Resulta que el futuro no estaba en las aplicaciones ni en los autos que se manejan solos, sino en un pozo lleno de lodo negro en el sur del mundo. Peter Thiel, uno de los cerebritos que cofundó Palantir y que siempre anda hablando de un mañana hipertecnológico, decidió que era más divertido invertir en el viejo y confiable petróleo. Y no en cualquier lado, sino en Vaca Muerta, Argentina, un lugar cuyo nombre suena a chiste pero que está dejando una fortuna.

La jugada maestra del señor Thiel le ha salido redonda. Su firma metió unos 75,9 millones de dólares en la petrolera Vista Energy, y en un abrir y cerrar de ojos, esa pila de billetes se convirtió en 82,4 millones. Eso es una ganancia de 6,5 millones de dólares, suficiente para comprarse una isla pequeña o, más práctico, para no preocuparse por el precio del aguacate durante varias vidas. Mientras el resto de los mortales revisa si le alcanza para el súper, Thiel se ríe con el sonido de los barriles llenándose.

Como era de esperarse, los analistas de Wall Street están más emocionados que niño con juguete nuevo. El 95,5% de estos señores de corbata, que normalmente no se ponen de acuerdo ni para pedir una pizza, ahora cantan al unísono que hay que comprar acciones de Vista. Recomiendan la compra con un fervor casi religioso, proyectando que las acciones podrían subir otro 38%, como si el dinero creciera en los árboles de la pampa.

El secreto de este milagro económico no es otro que la propia Vaca Muerta, que a pesar de su nombre lúgubre, está bombeando crudo como si no hubiera un mañana. Esta formación geológica ya escupe el 71,7% de todo el petróleo argentino, demostrando que a veces las mejores oportunidades están literalmente bajo tierra, esperando a que un millonario aburrido de la tecnología decida excavar.

El optimismo es tan contagioso que hasta la competencia se sube al tren. El presidente de YPF, la petrolera estatal, ya anda diciendo que sueña con producir «dos millones» de barriles diarios, una cifra que suena más a carta a los Reyes Magos que a un plan de negocios realista. Todos ven a Vaca Muerta como la piñata gigante de la que no dejan de salir dulces, ignorando que en Argentina la fiesta puede terminar en cualquier momento y sin previo aviso.

Al final, la lección es simple: mientras unos invierten en futuros distópicos y chips cuánticos, otros apuestan por el jugo de dinosaurio y se forran de dinero. Peter Thiel ha demostrado que para hacerse rico no se necesita un algoritmo complejo, sino solo un buen mapa de la Patagonia y la fe ciega en una vaca que, de muerta, no tiene ni un pelo.

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