En un país donde el precio de la gasolina parece dictar hasta el humor del tráfico, la Comisión Nacional de Energía y Profeco mantienen los números bajo control, como si fueran árbitros de un partido que nadie quiere que se alargue.
Los automovilistas capitalinos, esos que miden su vida en semáforos y litros, observan con alivio que la magna ronda los 23.824 pesos por litro y el diésel los 26.975. Tras la desaparición de la Comisión Reguladora de Energía, la nueva CNE asumió en marzo de 2025 el timón técnico para regular, supervisar y sancionar el sector energético. Su tarea principal es asegurar soberanía y autosuficiencia energética junto con la Secretaría de Energía, sin perder de vista los precios ni los permisos de almacenamiento y venta.
El organismo publica actualizaciones constantes y coordina con la Sener para que las decisiones respondan a criterios profesionales, no a corazonadas. El costo final de los combustibles combina producción, logística, impuestos y mercados internacionales, un cóctel que influye en la inflación como el café en el ánimo matutino. A inicios de 2025, la presidenta Claudia Sheinbaum y el sector empresarial pactaron que la magna no rebase los 24 pesos por litro, un techo que hasta ahora se ha respetado con disciplina burocrática.
Mientras tanto, la vida sigue su curso entre semáforos y tanques llenos, sin que el combustible se convierta en el villano de la película diaria.




