Rubio busca prosperidad en el G20 pero Lavrov arruina hasta la foto grupal

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Marco Rubio se levantó en Atlanta como quien intenta organizar una fiesta de vecinos pero se le cuela el tío rarito que siempre habla de conspiraciones. Pidió a los del G20 que se pusieran de acuerdo para que no se les cayera el mundo a pedazos, entre guerras, energía cara y comida que desaparece como churros en una feria. Todo muy bonito hasta que apareció Serguéi Lavrov y el ambiente se volvió más tenso que una sobremesa familiar con el cuñado que apoya al equipo contrario.

La ministra de Canadá decidió llegar tarde a propósito, como quien se esconde en el baño para no saludar al ex en una boda. El de Sudáfrica ni siquiera recibió invitación, así que se quedó fuera como el primo que no suma para el grupo de WhatsApp. Y lo mejor fue la foto oficial: un tercio de los europeos dijo que prefería salir en el carné de identidad antes que posar al lado de Lavrov. El alemán lo soltó sin rodeos: ni hablar de una instantánea donde salgan los socios decentes con el ruso, porque eso sería como fingir que todo va bien cuando el perro ha meado en la alfombra.

Mientras tanto Rubio intentaba vender su plan de minerales raros para frenar a China, pero los demás seguían mirando las guerras de Ucrania y Oriente Medio como quien ve un partido de fútbol sin goles y con expulsiones a cada rato. La reunión terminó con declaraciones a medias y la sensación de que el G20 se parece cada vez más a una reunión de copropietarios donde nadie paga la cuota pero todos se quejan del ascensor.

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