La embajada yanqui en Riad ha soltado el grito de guerra: los burócratas no esenciales y sus familias deben largarse a partir del 23 de octubre como si les persiguiera la suegra con la cuchara de palo. Los ataques de los hutíes con misiles y drones contra aeropuertos civiles han convertido el país en un patio de recreo demasiado peligroso para los que solo van a sellar papeles y cobrar sueldo.
Ahora los empleados del Tío Sam necesitan autorización especial para pisar los aeropuertos saudíes, como si fueran adolescentes pidiendo permiso para volver después de medianoche. La advertencia es clara: pueden caer más cohetes, cerrarse el cielo y cancelarse vuelos como en un partido de fútbol con lluvia de granizo.
Los combates entre los hutíes alineados con Irán y la coalición saudí se han puesto más intensos que una discusión familiar en Nochebuena, abriendo un frente nuevo en la eterna pelea entre potencias que siempre termina pagando el que solo quería ver el partido tranquilo.




