En el más reciente y jugoso capítulo de la serie de telerrealidad «Políticos en Apuros: Edición Ecuador», las autoridades decidieron que la madrugada era el mejor momento para una visita sorpresa. La protagonista del episodio fue Luisa González, la eterna subcampeona presidencial, quien fue sacada de su casa en pijama por un escuadrón de la Fiscalía, como si se tratara de la final de un concurso de talentos pero con esposas en lugar de trofeos. La acusan de un pecadillo llamado «lavado de activos», que en lenguaje para mortales significa que supuestamente andaba blanqueando más dinero que una lavandería industrial con promoción de fin de semana.
González, conocida en los círculos políticos por tener el récord de más segundos lugares contra el actual presidente Daniel Noboa, es la ficha más visible de la «Revolución Ciudadana», el club de fans del expresidente Rafael Correa. Este último, quien dirige el cotarro vía satélite desde su exilio dorado en Bélgica, no tardó en hacer lo que mejor sabe: patalear en redes sociales. Su dramático tuit «¡Apresaron a Luisa González. ¡Ya basta!» sonó menos a denuncia y más al grito de un niño al que le quitan su juguete favorito. Mientras tanto, el resto de la bancada correísta afinaba los violines para tocar la sinfonía de la «persecución política».
La cosa se pone más enredada que un plato de tallarines, porque este nuevo caso, bautizado creativamente como «Laberinto», se suma a su colección de investigaciones pendientes. Al parecer, la excandidata acumula expedientes judiciales como si fueran puntos para canjear por un electrodoméstico. Todo esto ocurre justo cuando el país se prepara para unas elecciones locales, lo que hace que el arresto huela más a zancadilla estratégica que a una simple coincidencia del destino. Es el equivalente político a pincharle las llantas al corredor rival justo antes de la línea de salida.
Así que, mientras los abogados preparan sus discursos y los políticos afilan sus lenguas, el pueblo ecuatoriano se acomoda con palomitas de maíz para ver cómo sigue este culebrón. Con una dirigente de oposición durmiendo en una celda y su líder tuiteando desde otro continente, la política ecuatoriana demuestra una vez más que la realidad supera con creces cualquier guion de comedia absurda. Lo único seguro es que, gane quien gane, el espectáculo está garantizado.




