Cuando el gallo de Canuto todavía estaba negociando con la alarma otros cinco minutitos de sueño, a Luisa González, la eterna aspirante a presidenta por el correísmo, le tocaron la puerta. No eran los del pan ni los testigos de Jehová, sino un comando especial de la Policía Nacional enviado desde Quito, con un operativo que no era precisamente para entregar el periódico. A cinco semanas de las elecciones locales, la política recibió una invitación que no pudo rechazar para aclarar ciertos asuntillos financieros.
La Fiscalía, que al parecer tiene más expedientes que una enciclopedia, investiga a González por el presunto arte de hacer aparecer dinero para sus campañas como si fuera un truco de magia. El caso, bautizado «Laberinto» (porque encontrar el origen del dinero es más difícil que armar un mueble de IKEA sin instrucciones), apunta a inconsistencias en los aportes y gastos de 2023. Esto ya le había costado su silla en las próximas elecciones y la suspensión de su partido, la Revolución Ciudadana, que ahora está más fuera de juego que un futbolista con dos tarjetas amarillas.
El primero en poner el grito en el cielo fue, cómo no, el jefe máximo desde su ático en Europa. Rafael Correa, usando la red social X como su megáfono personal, tecleó un dramático: “¡Apresaron a Luisa González. ¡YA BASTAAA!!!!”. Un mensaje tan conciso y sutil como una pedrada en un ojo, que dejó a todo el mundo esperando la segunda parte del chisme. Mientras tanto, sus seguidores, al ser consultados, respondieron con el mismo silencio de un político al que le preguntan por su declaración de impuestos.
Este nuevo enredo se suma al caso «Caja Chica», donde se sospecha que la campaña de 2023 se regó con billetes en efectivo llegados desde Venezuela, y que al parecer no eran para comprar tequeños. Tras ser inhabilitada, González intentó la clásica jugada de cambiarse de camiseta y postular por otro partido, pero la jugada le salió tan bien como a quien intenta pagar con un billete de monopolio. Así, mientras la justicia desenreda la madeja, el culebrón político ecuatoriano promete más giros de guion que una serie de Netflix a punto de ser cancelada.




