Macron se despide entre huelgas masivas y la Torre Eiffel en paro

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Francia se ha convertido en un circo donde los trabajadores y estudiantes bailan al ritmo de la inflación como si fuera un concurso de televisión de los domingos por la tarde. Miles de personas salieron a las calles exigiendo un salario que permita comprar pan sin tener que hipotecar el alma, mientras el gobierno de Macron cuenta los días que le quedan como un reo en espera de indulto.

La Torre Eiffel cerró sus puertas por la huelga nacional, algo que ni siquiera lograron las ocupaciones alemanas durante la guerra. Los sindicatos piden subir el sueldo mínimo, más justicia fiscal y que los servicios públicos no se parezcan a un restaurante de carretera en hora punta. Una de cada dos personas admite que le cuesta llegar a fin de mes, cifra que en España ya se considera normal desde los tiempos de la peseta.

En Lyon, un viticultor resumió el sentir popular: quieren vivir de su trabajo sin que el Estado les quite hasta el aire que respiran. Los estudiantes de instituto bloquearon centros y recibieron gases lacrimógenos como si fueran hinchas de un derbi madrileño. El ministro del Interior prometió mano dura con setenta mil agentes, pero las asociaciones de jueces ya hablan de giro autoritario, algo que suena a telenovela venezolana con acento parisino.

Los chalecos amarillos, que parecían jubilados del movimiento, volvieron a la carga y preparan otra concentración en la plaza de la Concordia pese a la prohibición. Macron termina su mandato como un portero de discoteca que intenta echar a todo el mundo a la vez. La indignación, como las facturas de la luz, parece que seguirá subiendo hasta noviembre.

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