Lula da Silva, el metalúrgico octogenario que ya parecía jubilado, logró lo imposible: vencer a Flávio Bolsonaro en la segunda vuelta y volver al poder como si Brasil fuera su finca particular. El tribunal electoral lo proclamó ganador con el 51,79 por ciento de los votos, mientras el hijo del expresidente se negaba a aceptar la derrota y pedía anular todo como quien rompe el televisor porque perdió el control remoto.
El nuevo mandatario llegó eufórico a la Avenida Paulista y soltó promesas a diestra y siniestra. Dijo que gobernaría veinticuatro horas al día para que la gente tenga el país de sus sueños, que protegería a los trabajadores y que metería a los bandidos en la cárcel. También lanzó una pulla directa a la empresa Meta, acusándola de meter las manos en la campaña, y amenazó con regular las redes sociales como si fueran puestos callejeros de churros.
Flávio Bolsonaro, por su parte, calificó la ampliación de dos horas en los centros de votación como una “canallada” y se negó a reconocer el resultado. El senador insistió en que hubo ruptura de isonomía, llovió mucho y el juez que decidió la prórroga había sido abogado de Lula, todo en un discurso tan corto como su paciencia.
La victoria deja a Brasil como uno de los pocos países que no se sumó a la ola derechista de la región. Mientras tanto, Lula ya prepara su regreso con más Bolsa Familia, un día extra de descanso semanal y la firme convicción de que, a los ochenta años, todavía puede pelear contra aplicaciones, informalidad y cualquier cosa que se mueva en internet.




