Los ocho millones de ricachones que forman el cero coma uno por ciento más forrado del planeta sueltan más dióxido de carbono que tres mil quinientos millones de pobres juntos. Es como si un puñado de tipos en yate privado decidieran convertir la atmósfera en su parrilla particular mientras el resto intenta sobrevivir con un ventilador roto.
Según Oxfam Intermón, cada uno de estos millonarios ha contribuido casi cuatrocientas veces más a las olas de calor que un ciudadano de la mitad más humilde de la humanidad. En total, ese grupito genera más del triple de emisiones que toda la población del África subsahariana. Y si subimos al uno por ciento más rico, ya se llevan el veinte por ciento del calentamiento global desde mil novecientos noventa. Cada uno de ellos contamina lo que cien personas pobres en toda su vida. Un año de sus vuelos y mansiones provocará un millón novecientos mil muertos extra por calor antes de que termine el siglo. Ocho de cada diez de esas muertes ocurrirán en países que apenas han tirado humo.
La aviación privada es el ejemplo más descarado: el parque entero de jets emite en dos segundos lo que una persona pobre genera en todo un año. Imagina un señor en traje caro cruzando el Atlántico para una reunión de veinte minutos mientras en el sur global la gente pierde la cosecha y la casa por una dana como la de Valencia. Allí, los que menos tienen, las mujeres, los mayores y los migrantes fueron los que más sufrieron. Los ricos, en cambio, se forran con la reconstrucción.
El mercado de “destruir y reconstruir” pasará de setenta mil a noventa y dos mil millones de dólares anuales en pocos años. Hay doscientas diecisiete empresas que contaminan y luego venden los ladrillos para volver a construir. BlackRock y Vanguard están metidos en el noventa y dos por ciento de ellas, con inversiones que superan el billón de dólares. Es el negocio perfecto: provocas el incendio, vendes el extintor y cobras intereses por el préstamo.
Oxfam Intermón pide impuestos a los jets privados, a las grandes fortunas y a los beneficios extraordinarios de las petroleras. También reclama triplicar la financiación para adaptación en el sur global y parar la especulación con las catástrofes. Porque, como dice la responsable de Justicia Climática de la ONG, Sofía del Valle, “en la crisis climática no estamos todas en el mismo barco”. Unos van en yate con aire acondicionado y los demás chapotean en el agua sucia.
Para las elecciones del veintinueve de noviembre en España, la organización reclama que todos los partidos metan la justicia climática en sus programas. Impuestos a quien más contamina, servicios públicos resistentes y que deje de ser negocio la desgracia ajena. Porque si no, el círculo vicioso sigue: los que menos han tirado humo son los que más pagan, mientras los superricos se ríen contando billetes en su búnker climatizado.




