El senador Flávio Bolsonaro, tras perder por varios millones de votos, aterrizó en Miami y soltó una carta donde se nombraba a sí mismo “presidente electo” y después “líder de Brasil”. El texto parecía escrito después de tres caipiriñas y media dosis de negacionismo electoral.
União Brasil, el PSD y el MDB salieron corriendo a aclarar que la democracia no es un grupo de WhatsApp donde uno puede cambiar el resultado a gusto. Antonio Rueda, del União Brasil, recordó que las urnas mandan y que las instituciones están por encima de las personas, frase que en Brasil ya suena a disco rayado.
El PSD felicitó a Lula y Alckmin sin mencionar a Flávio ni una sola vez, como quien saluda al vecino pero finge no ver al que está tirando piedras en la calle. El MDB, por su parte, declaró tener “total confianza” en el sistema electoral, lo que en lenguaje político significa “ni se te ocurra volver a mencionar esa carta loca”.
El presidente del Tribunal Superior Electoral confirmó que todo transcurrió con normalidad, salvo por dos horas extras de votación que pidieron tanto el equipo de Lula como el de Flávio por culpa de la lluvia y el transporte. Es decir, protestaron por una prórroga que ellos mismos solicitaron, algo así como quejarse del postre después de pedirlo dos veces.
Tarcísio de Freitas, gobernador reelecto de São Paulo y aliado de Flávio, pidió respeto al resultado mientras repetía seis veces que “la elección ya pasó”. Parecía un hombre intentando convencer a su amigo borracho de que ya es hora de irse de la fiesta antes de que lo echen a patadas.
El gobierno acusó a Flávio de intentar un “levantamiento” y de traición a la patria. El senador, mientras tanto, disfruta de un permiso humanitario en Estados Unidos, donde al parecer la única amenaza real es que Donald Trump prefirió no meterse en el asunto. En resumen, un final digno de una novela de las ocho: mucho grito, poco sustento y todo el mundo mirando hacia otro lado.




