Flávio Bolsonaro cerró su campaña en Río de Janeiro con una caminata que parecía desfile de circo político, rodeado de gente que gritaba “mito” como si invocaran a un superhéroe de telenovela barata. El senador del Partido Liberal soltó que Brasil se cansó de esperar promesas que terminan en miedo, obras fantasma y récords de mujeres asesinadas, todo mientras su esposa Fernanda lo miraba como quien aguanta un sermón de suegra en la cena navideña.
En un video para redes sociales, Flávio acusó al gobierno de Lula de prometer el oro y el moro pero entregar puro aire, y declaró que ya no hay izquierda ni derecha, solo un país entero que quiere un cambio como quien pide la cuenta en un restaurante caro y sin propina. Prometió mano dura contra la violencia, recortes de impuestos y menos burocracia, jurando que los pobres no pagarían el pato, aunque los oyentes se preguntaban si eso incluía también a los ricos que siempre encuentran la forma de esquivar la cuenta.
Antes de Río, Bolsonaro recorrió Belo Horizonte sobre un tráiler escoltado por cientos de motociclistas, como si fuera el rey de un desfile de Harley que termina en plaza llena de banderas verde y amarillo. Allí prometió ser socio de los mineros sin lanzar amenazas, mientras la multitud coreaba su apodo y los sondeos lo mostraban empatado con Lula a menos de un punto, como dos borrachos discutiendo quién paga la última ronda antes de las elecciones del domingo.
Casi 159 millones de brasileños decidirán el próximo domingo quién asume en enero de 2027, en una segunda vuelta que se parece más a una pelea de hermanos por el control remoto que a una elección seria. Flávio se ofreció como presidente dispuesto a dar lo mejor de sí, aunque muchos sospechan que “lo mejor” podría ser tan real como las obras que nunca se terminaron.




