Sindicatos y activistas de siete países europeos decidieron que ya basta de pagar hasta por el aire que respiran y convocaron protestas coordinadas para finales de noviembre. Después de ver cómo sus nóminas se evaporan más rápido que un helado en agosto, representantes de Francia, España, Reino Unido, Bélgica, Italia, Portugal y Grecia se juntaron en París para organizar el jaleo los días 20, 21 y 22.
El encuentro lo impulsó la Confederación de Sindicatos de Inquilinas del Estado español, justo dos días antes de la huelga francesa del 5 de noviembre. En el comunicado sueltan que el coste de la vida se ha vuelto loco, que la vivienda es un lujo de millonarios, que la comida y el transporte parecen artículos de lujo y que la austeridad está volviendo como un resfriado en invierno, todo por culpa de los acreedores y la carrera de armas que parece más cara que un divorcio.
Los manifestantes exigen que se garantice el derecho a la vivienda, que se pongan topes a los precios de pisos, comida y energía, que suban los sueldos y pensiones y que los servicios públicos dejen de parecer un chiste malo. La crisis de la vivienda, que ya es el dolor de cabeza número uno de muchos españoles, volvió a los titulares tras el desalojo de Maricarmen Abascal, una jubilada de 87 años que murió poco después. Su caso ha dado la vuelta al continente como una mala noticia que nadie quiere heredar.
En España los grandes sindicatos preparan huelga general el 11 de noviembre, antes de las elecciones. En Francia los estudiantes, sindicatos y chalecos amarillos llevan tres fines de semana seguidos montando el numerito. Benjamin Ball, de la coordinación de los chalecos, soltó que “por millones saldremos a la calle para demostrar que el pueblo manda y no los que tienen más dinero que sentido común”. En Italia todo empezó con los trabajadores portuarios y acabó en una huelga general el 30 de octubre con cientos de miles de personas. Y el 20 de noviembre hay una huelga estudiantil portuguesa contra los combustibles fósiles que ya cuenta con apoyo de veinte países.
Al final, la idea es sencilla: si los precios siguen subiendo como la espuma, los europeos planean bajar la espuma a golpes de pancarta.




