Resulta que en Rusia ya no basta con que te cierren el periódico: te cortan las donaciones, te quitan la imprenta, te atacan al jefe y encima te llaman agente extranjero mientras sonríen. Nóvaya Gazeta, el mismo que sacó trapos sucios de la corrupción y que le valió un Nobel de la Paz a su exdirector, anunció que el próximo 9 de noviembre apagará servidores y se irá a casa. Treinta años viviendo al lado de un país que, al final, decidió echarlos a la calle como a inquilinos molestos.
Los redactores contaron que los del FSB se colaron en todas partes, incluso en los bancos, y desactivaron el sistema de donaciones. Imagínate: trabajas treinta años, te matan a varios compañeros por hacer su trabajo y, cuando por fin te rindes, te dejan sin un peso. El jefe, Dmitri Muratov, casi queda ciego tras un ataque y nadie fue a la cárcel. Ahora les ponen la etiqueta de “agentes extranjeros” como si fueran espías de telenovela barata.
El medio lo resumió sin rodeos: esto no es solo su historia, es la de un país entero que está siendo exprimido por las mismas manos que dicen defender la Constitución mientras la tienen amordazada. Al final, la censura ya no se disimula ni con papel de regalo. Simplemente apagan la luz, cierran la puerta y te dejan en la oscuridad, como quien despide a un empleado que ya no le resulta útil al patrón.




