Los precios del combustible alcanzaron cifras de infarto el día de las elecciones y los votantes decidieron que ya estaban hartos de pagar como si el diésel fuera caviar. Las encuestas a pie de urna confirmaron que el costo de la vida fue el motivo principal para inclinar la balanza hacia los demócratas, que se llevaron tanto el Senado como la Cámara con una paliza que llegó hasta los pueblos más republicanos del país.
Trump, el mes pasado, presumía en un mitin que el petróleo y el gas estaban forrando las arcas gracias a la guerra con Irán y soltó la frase de que “estábamos haciendo una tremenda fortuna”. Prometió que los precios bajarían como por arte de magia. Los votantes de zonas rurales, que necesitan diésel para tractores, camiones y calefacción, decidieron que no iban a esperar sentados a que llegara esa rebaja milagrosa.
Casi nueve de cada diez personas consultadas señalaron el precio de la vida como factor decisivo. Muchos aseguraron sentirse peor que hace dos años, cuando el diésel ya parecía caro pero ahora superaba todos los récords. El combustible para calefacción en estados como Maine dejó a más de uno temblando de frío y de rabia, y eso se notó en las urnas.
Donn Teske, presidente de la Unión de Agricultores de Kansas, explicó que el diésel caro no solo afecta a las máquinas del campo, sino que encarece todo lo que llega al supermercado. Votó por el demócrata Adam Hamilton, el primero que gana un escaño por Kansas desde 1932. “Es un parche”, dijo sobre los 8.000 millones de dólares que Trump prometió a los agricultores, aclarando que la ayuda ni siquiera llegaría hasta después de las elecciones.
En Carolina del Norte, el nuevo representante demócrata Jamie Ager contó que los agricultores le decían que entre el diésel y los fertilizantes caros ya no podían ni sembrar sin endeudarse hasta las cejas. Trump admitió después que la guerra con Irán había provocado un “ligero” aumento de la gasolina, aunque insistió en que era necesaria. Los votantes, por su parte, prefirieron no esperar a ver qué pasaba con los precios y optaron por cambiar de manos el volante del Congreso.



