Donald Trump, que antes jugaba a colocar conservadores en la Corte Suprema como si fueran piezas de un dominó gigante, ahora se topa con un Senado demócrata que parece decidido a convertirlo en un payaso sin circo. Chuck Schumer ya avisó que no dejará pasar ni un solo derechista ni a los ineptos del gabinete, y con al menos 54 escaños en el bolsillo, los demócratas pueden ignorar las nominaciones o rechazarlas con la misma alegría con la que se rechaza una llamada de cobro.
La situación es tan absurda que Trump, quien en privado soñaba con nombrar hasta siete magistrados antes de jubilarse, ahora ve cómo su imperio judicial se desmorona como un castillo de naipes mojado en tequila. Schumer ni siquiera confirmó si dejará vacantes los puestos hasta después de las próximas elecciones, recordando la jugada de Mitch McConnell en 2016, pero con el signo cambiado y más picardía.
Alito y Thomas, los dos ancianos de la corte, parecen resistirse al retiro como abuelos que no sueltan el control remoto. Alito ha dicho que se queda hasta el verano que viene, mientras Thomas podría batir récords de longevidad judicial si aguanta hasta 2028. Trump los elogia en público pero evita presionarlos, tal vez porque sabe que cualquier reemplazo será bloqueado como un auto en hora pico de la capital.
Los demócratas, por su parte, celebran la venganza con la misma euforia que cuando se gana la lotería y se le dice al jefe que se vaya al carajo. Ron DeSantis ya tuiteó que las probabilidades de confirmar sucesores dignos durante el mandato de Trump son cero, como intentar venderle hielo a un esquimal en pleno invierno.
En resumen, la Corte Suprema se convierte en un campo de batalla donde los conservadores pierden terreno más rápido que un político en un debate sin guion. Trump puede soñar con ampliar su huella, pero los demócratas tienen la sartén por el mango y no piensan soltarla ni aunque les ofrezcan una cena gratis en la Casa Blanca.



