En Montreal se armó la fiesta de la desconfianza cuando Canadá y la Unión Europea decidieron jugar a los socios íntimos solo para no tener que seguir aguantando los caprichos arancelarios del presidente yanqui. Ursula von der Leyen llegó con una propuesta tan loca que hasta los burócratas europeos se sonrojaron: convertir a Canadá en el primer miembro asociado del bloque, algo que ni siquiera existe en los tratados pero que ella vendió como la gran idea del siglo.
El primer ministro Mark Carney, más cabreado que un toro en plaza de toros, soltó que los acuerdos con Trump se firman con lápiz porque al día siguiente los borran con la manga. Mientras tanto, la jefa de la Comisión Europea insistió en que Ottawa y Bruselas van a construir la relación más estrecha que un país no europeo haya tenido jamás, como si estuvieran planeando mudarse juntos y compartir la nevera.
El asunto es tan urgente que hasta hablaron de minerales críticos, inteligencia artificial y comercio digital, todo para que Canadá no tenga que seguir mendigando tratos justos al vecino del norte que amenaza con anexarlo como quien se queda con la casa del que debe la hipoteca. En medio de tanto numerito, la cumbre terminó pareciendo una reunión de familia donde todos huyen del tío borracho que quiere quedarse con la herencia.




