Los obreros de la metalurgia en Alemania han decidido que ya basta de promesas y han empezado a parar máquinas en varias plantas del país. Las huelgas afectan a casi cuatro millones de personas y ya tocaron a Audi, Mercedes-Benz y Schaeffler. Todo empezó cuando terminó la tregua obligatoria a finales de octubre y el sindicato IG Metall pidió un cinco por ciento más en el sueldo durante un año, además de que no cierren las fábricas ni despidan a nadie.
Los empresarios respondieron con una oferta que parece sacada de un chiste malo: un pago único en dos mil veintisiete equivalente al uno por ciento del salario anual bruto y un aumento del uno coma tres por ciento que empezaría en julio de dos mil veintiocho. Mientras tanto, Schaeffler anunció que cerrará cinco centros en Europa y suprimirá tres mil cuatrocientos sesenta puestos, la mayoría en territorio alemán. Los trabajadores miran las cifras y se preguntan si los jefes cuentan con que se mueran de hambre antes de cobrar.
La situación se complica porque la industria del automóvil alemán vende menos en China y recibe más competencia en casa. Los trabajadores de Audi en Ingolstadt, hartos del precio de la luz y la gasolina, se sumaron a los paros breves de la semana pasada. El director general Gernot Döllner apareció el mes pasado al lado de Donald Trump anunciando una fábrica nueva en Estados Unidos, lo que enfureció aún más a los sindicatos que exigen garantías para las plantas locales.
La tercera ronda de negociaciones empieza este jueves y nadie espera que los empresarios suelten el dinero sin antes amenazar con más recortes. Los metalúrgicos ya saben que si no paran ahora, el aumento del uno coma tres por ciento llegará cuando muchos ya estén en el paro. Entre tanto, las líneas de producción se quedan quietas y los directivos siguen calculando cuántos empleos pueden sacrificar antes de que el país se les ponga en huelga total.




