Los hogares yanquis miran la economía con la misma cara que quien abre la nevera y encuentra solo mayonesa caducada. El índice de la Universidad de Míchigan bajó a 48 en octubre, apenas una décima menos que en septiembre, pero suficiente para rozar el segundo mínimo histórico. Todo porque los precios suben como la espuma por el conflicto en Oriente Medio y las elecciones al Congreso están a la vuelta de la esquina.
La lectura de este mes quedó solo por encima del mínimo de 44,8 registrado en mayo, cuando la guerra con Irán ya había empezado a hacer estragos. Los votantes anticipados ya llenan las urnas para el 3 de noviembre, y el resultado decidirá quién controla el Congreso en los dos últimos años de Trump. El ambiente no ayuda: el poder adquisitivo parece más roto que un billete de un dólar en la lavadora.
Joanne Hsu, directora de las encuestas, señaló que el bolsillo manda sobre cualquier otra consideración económica. La confianza actual está un 10 por ciento por debajo de la de hace un año y un 15 por ciento menos que en febrero, justo antes del estallido del conflicto. Los consumidores sienten que les están quitando el oxígeno a golpe de factura.
Las expectativas de inflación para los próximos doce meses subieron al 4,7 por ciento, desde el 4,6 de septiembre, tras haber partido del 3,4 en febrero. A cinco años vista también treparon hasta el 3,5 por ciento. El combustible más caro, provocado por el ataque a Irán, ha dejado a los votantes con ganas de mandar a paseo a quien encendió la mecha.
Los sondeos dan por probable que los republicanos pierdan la Cámara de Representantes y quizá el Senado. El índice de aprobación de Trump roza mínimos históricos por culpa de los precios que él mismo ayudó a disparar. Al final, los consumidores no votan con el corazón, sino con la cartera, y la cartera anda más seca que el desierto de Arizona en agosto.




