DoorDash ha decidido que lo mejor para competir es tragarse a su rival Instacart en una operación que deja a la empresa valorada en unos diecisiete mil millones de dólares. La compra se pagará con efectivo y acciones a sesenta y cinco dólares por título, una prima del veintiséis por ciento sobre el precio de cierre del veintidós de octubre. La operación se financiará con la caja de la empresa y un préstamo de JPMorgan, con la meta de lograr grado de inversión.
El cierre está previsto para finales de dos mil veintisiete o la primera mitad de dos mil veintiocho. DoorDash conservará la marca Instacart, su tecnología y su aplicación tal cual, mientras que los suscriptores de DashPass e Instacart+ solo pagarán una cuota única. Los repartidores autónomos podrán seguir eligiendo si atienden pedidos de una u otra plataforma, y los comercios se librarán de exclusividades que antes los ataban.
El segmento de reparto de comestibles es el que más crece para DoorDash, según su propio fundador Tony Xu. La compra llega cuando el impulso de la pandemia ya pasó y el sector se ha vuelto más competitivo, con Uber también moviéndose para comprar Delivery Hero. DoorDash ya había adquirido Deliveroo, SevenRooms, Symbiosys y el negocio universitario de Grubhub en los últimos meses.
Instacart aporta un negocio publicitario que representa el treinta por ciento de sus ingresos y crece más rápido que las comisiones por entrega. Esa área de márgenes altos servirá para reforzar las herramientas que DoorDash ofrece a restaurantes y tiendas. Además, clientes como Costco ya usan la tecnología de Instacart en varias regiones.
En paralelo, DoorDash reportó resultados del tercer trimestre con un valor bruto de pedidos de treinta y tres mil novecientos millones de dólares, un treinta y seis por ciento más que el año anterior y por encima de lo esperado. La empresa prevé entre treinta y cinco mil cuatrocientos y treinta y seis mil cuatrocientos millones para el último trimestre, aunque mantiene inversiones fuertes en nuevas categorías y mercados.
Al final, los clientes tendrán una sola suscripción y menos aplicaciones que gestionar, mientras los repartidores seguirán decidiendo a quién atienden. Lo que parecía una guerra de plataformas termina pareciéndose más a una boda por conveniencia donde todos siguen cobrando propinas por separado.




